Hijos a tientas
La baja natalidad se debe a que los niños se conciben a ciegas. También a tientas. La concepción se produce en la clandestinidad. Prospera la criatura en la sombra, desapercibida primero por su pequeñez y luego oculta bajo la piel de su madre. Además, entre el acto que se requiere para engendrar un niño y el niño en sí hay un abismo fenomenológico; entre el gesto y el resultado, una distancia mágica, como la que separa frotar una lámpara de la aparición de un genio. No parece, en suma, que de esto pueda salir aquello. Pero sale. Como escribí en otra parte: «Dios hizo apetecible a la mujer y sorprendentes a sus hijos».
Al niño concreto no se le ve venir. Por ejemplo, mi Manuel. Nada en el embarazo de su madre presagiaba a este Manuel específico, nuestro, que se ha roto dos veces el húmero, abraza con una virulencia conmovedora y se tragó una moneda de cinco céntimos a pesar de ser tan delicado con las comidas. De haber sabido que aquel embarazo iba a desembocar en este Manuel, habría refunfuñado menos. Pero no lo sabía. No hay manera de saberlo. Y ese es el problema. Desear un niño en frío, en abstracto, es difícil; sin embargo, una vez que lo tienes, que lo conoces, que te ha llegado desde regiones ignotas, te parece el más poderoso motivo para procurar que el mundo no arda todavía, por más que se lo merezca.
Sería la solución para el invierno demográfico: que las parejas pudieran ver en una visión, como si fuera un tráiler, el niño que podrían llegar a tener. Sería útil porque la mayoría de los inconvenientes que acarrea un hijo son generales, pero las ventajas, en cambio, dependen enteramente de la personita en cuestión. No ver en Matilde hija, por ejemplo, a la tercera, a la que nos convirtió en familia numerosa y nos obligó a cambiar de coche, sino a nuestra niña, festiva, peliculera, que ha heredado la tendencia a los pensamientos funestos de su padre, pero que, a diferencia de él, ha descubierto la manera de atajarlos.
Me lo explica con calma, siguiendo lo que ella cree que es el sistema arterial de los pensamientos: «Cuando tengo un pensamiento malo —señala la cabeza—, me baja por el cuello, pasa por el corazón, luego por el brazo y, cuando lo tengo aquí —señala la palma de la mano—, ¡lo apachurro!», y pega una palmada definitiva, letal, como si el pensamiento fuera un insecto que pudiera aplastarse. Y quién sabe, quizá lo sea.
Pues bien, pese a mi experiencia, con Inés, la quinta, ha vuelto a pasarme. No he sido capaz de adivinarla, de preverla. Basándome en lo visto hasta ahora, suponía que sería una niña, que nacería en verano, tendría cara de vieja, mediría unos 50 centímetros y pesaría tres kilos largos. Y aunque todo lo anterior se cumplió, nada había en mis suposiciones que augurase esta Inés exacta, tan suya.
Lo cierto es que su venida al mundo me venía fatal: había cambiado de trabajo y me había comprometido a dejar el tabaco con su nacimiento. Además ya estaba cansado de dar explicaciones cuando paseábamos a los cuatro; explicaciones que tendría que multiplicar con la llegada de la quinta, un número de hijos ya un poco demasiado plebeyo. El escándalo y el subsidio.
Y ahora, contra todo pronóstico, aquí está Inés, sorprendente, abracadabrada. Está sentada sobre la cama de matrimonio, entretenida con un paquete de toallitas, mientras su madre y hermanos se afanan de aquí para allá. «¡Al final llegamos tarde!», protesta Matilde. Inés tiene unos mofletes hechos de carne de nube. Me ve, sonríe y me dice adiós con la manita. Ha aprendido a hacerlo hace un par de días. Acto seguido, ella, que es pura afirmación, niega con la cabeza, quenoquenoqueno. Está vestida de blanco, lleva un gorro y un faldón que le hace parecer una medusa. Son los trapitos de cristianar. En un rato, en la iglesia, el sacerdote sostendrá a Inés. A la pila bautismal se asomarán también sus hermanos y primos, tan milagrosos como ella, impacientes por ver qué cara pone la niña cuando le caiga el agua.
