El pisito
Si no fuera porque en la película fuma todo quisqui y parece haber una plaga de niños, El pisito de Rafael Azcona sería de estricta actualidad. Tanto entonces como ahora, el hombre es un lobo para el hombre cuando hay un puñado de metros cuadrados sobre el tablero. Rodolfo y Petrita quieren casarse de una vez, pero les faltan el techo y los posibles. Como la vivienda está incapaz, la pareja decide que Rodolfo contraiga matrimonio con una anciana moribunda para así acabar heredando su alquiler de renta antigua. Sin embargo, el casamiento da nuevos bríos a doña Martina. En lugar de apagarse, recupera la vitalidad: ahora quiere salir a la calle, acudir a salas de conciertos, merendar. La vejez le aguanta a la señora más que a ellos la juventud. Toda su esperanza se cifra en un aneurisma, un infarto, un tropiezo bajando la escalera.
Es algo semejante a lo que hoy se conoce como contrato de nuda propiedad, modalidad cada vez más frecuente. Se basa en apalabrar la compra con alguien en la confianza de que ese alguien no durará demasiado. Una persona, en general por encima de los 70 años, vende su casa, aunque conservando el usufructo hasta el final de sus días. El precio depende de las características del inmueble, naturalmente, pero también de las características del vendedor. Cuanto mayor sea el anciano, más se encarece la propiedad. No sería descabellado que la cuantía se supeditara a una serie de analíticas. También podría hacerse una prueba de esfuerzo: que el viejito en cuestión suba a una cinta andadora y que, por cada metro recorrido, el precio se incrementara 1.000 euros, 2.000, 20.000… A lo que esté el metro de anciano en ese momento.
Antes de optar por el matrimonio desesperado, Rodolfo y Petrita prueban otras vías. Él pide un aumento de sueldo, pero su jefe se indigna y le pregunta qué tendrá que ver el sueldo con el problema de la vivienda. Visitan al dueño, que declara tener un corazón muy sensible a los problemas humanos, pero que aquí humanos somos todos, empezando por él mismo. Los domingos toman el tranvía y buscan piso en los arrabales. La necesidad les hace ver con buenos ojos aquellos termiteros, aquel matorral de viviendas, aquella erupción del descampado que se eleva con la incongruencia de la primera casita verde que se coloca en el Monopoly. A nivel salarial viven en un país, a nivel inmobiliario, en otro. Ni siquiera en aquella colonia de exiliados, prefiguración de nuestras actuales zonas dormitorio ―meras acampadas de ladrillo―, encuentran Rodolfo y Petrita su lugar.
Los protagonistas se angustian porque se les escurren los años. La cuarentena acecha y doña Martina no se decide a morir. Aunque ambos trabajan, el sueldo, decía, no les alcanza. Son pobres con trabajo. Además, el precio de los pisos no deja de subir con la obsesiva verticalidad de un cohete. Lo mismo ahora: uno consulta Idealista temeroso de que se refresque la página y el precio pegue un brinco como en los billetes de avión. A la vista de la situación del mercado, lo único más loco que comprarse una casa hoy es dejarlo para mañana. Pero para comprarla necesitas dinero, cantidades de dinero fantásticas, inimaginables, lo cual te lleva al banco. Allí no te pedirán el alma a cambio —sobre todo porque qué van a hacer ellos con un alma—, pero sí algún tipo de pacto mefistofélico y quizá, según el perfil hipotecario, la sangre de vuestro primer hijo, que, a este ritmo, será lo que antes se conocía como un nieto. En un momento desgarrador de la película, mientras bailan con desgana entre parejas acarameladas, borrachas de vino, amor y juventud, Petrita confiesa con voz llorosa: «Debimos casarnos antes, aunque hubiéramos tenido que vivir en una chabola».
Al final la paciencia del buitre se ve recompensada. Doña Martina muere. A su coche fúnebre suben, bulliciosos, los sobrinos de Petrita. Saludan por las ventanillas como si fueran en una carroza. Rodolfo los observa en silencio hasta perderlos de vista. Ya tienen el piso, a tiro de piedra de la Gran Vía, con sus cuatro habitaciones y su renta antigua: 30 tristes pesetas.
