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Domingo electoral

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Basta hablar con un par de jóvenes para comprobar que no le tienen a la democracia el cariño que se merece. Le ven problemas, sobre todo en la práctica, como si tuviera mejor pinta por fuera que por dentro, como si fuera una buena idea mal ejecutada. Yo, en cambio, pienso que la democracia vale la pena, aunque sólo sea por el ritual de los domingos electorales. Algunos opinan que deberíamos, de hecho, hacerlo más a menudo, que menudeen los plebiscitos sobre asuntos de calado. 

No estoy de acuerdo. Como los mundiales de fútbol, las votaciones tienen que ser excepcionales y disponer de un espacio donde puedan reverberar. La democracia, igual que el amor o las gomas de borrar, se gasta de tanto usarla. Si el acontecimiento se repitiera cada poco, confundiríamos las papeletas con el confeti. Además, entre autonómicas, locales, europeas y generales, ya votamos un poco demasiado. Con todo, aún no estoy empachado y los domingos electorales me resultan tan gratos que, en conciencia, no contemplo ninguna forma de gobierno que no sea la democracia.

La próxima cita es inminente: el 17 de mayo, las andaluzas. En mi pueblo coincide con........

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