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Miseria del moralismo

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14.04.2026

La política exterior no consiste en formular juicios morales sobre las naciones o hipótesis filosóficas sobre el orden del mundo. Estas son actividades sin duda muy nobles y necesarias, pero tienen su lugar propio, que no es exactamente el de la política (son más bien elementos auxiliares). La política, por definición, concierne al gobierno de la polis y en consecuencia ha de subordinarse a un sujeto concreto que es una polis determinada y bien definida: un Estado, una nación. Como es política, debe orientarse a garantizar la supervivencia y eventualmente la prosperidad y el poder de esa polis. Y como es «exterior», ha de desplegarse en el contexto de las relaciones con otras naciones. El primer término, el de la política, determina al segundo, el de las relaciones: será amigo todo aquel cuya alianza contribuya a la supervivencia y la prosperidad de la nación de uno, y será enemigo todo aquel que represente una amenaza para ellas. No hay más.

Todas estas cosas deben situarse lo más lejos posible de las consideraciones de orden ideológico, incluso moral. Por supuesto, siempre es más fácil buscar alianzas con aquellos que te resultan moral o ideológicamente más próximos, o tomar partido por aquellos contendientes que te resulten más «agradables en un conflicto exterior. Pero la pregunta que el político debe hacerse no es quién resulta más simpático o, aún menos, quién es el «bueno» en un conflicto, sino qué posición o qué alianza resulta más provechosa para mi país. Esta no es una pregunta abstracta, sino que se materializa en realidades muy concretas: qué decisión beneficia más a la seguridad de mis fronteras, a la potencia de mi ejército, a la........

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