Rufián de Algeciras
Rufián cruza Despeñaperros como Julio César el Rubicón. La suerte está echada. Atrás, muy lejos, quedan la república catalana y Santa Coloma de Gramanet, lugar al que aspira a no volver nunca. Sus compañeros de escaño apenas aplauden las intervenciones del portavoz de ERC porque hace tiempo que sus discursos van dirigidos a todo el Estado, en jerga plurinacional. Su señoría quiere representar al currela de Algeciras y que nadie le diga que es menos independentista por ello. Obreros de España, soy uno de los vuestros.
Gabriel alcanza el punto de no retorno con el separatismo al que prometió adhesión inquebrantable cuando la «estelada» garantizaba un sillón perpetuo en la «nova nació». En 18 meses dejaré mi escaño. Han pasado 122 y Rufián parece que lleva en las Cortes dos años menos que los leones de la escalinata.
Nadie mejor que él encarna el signo de los tiempos de una izquierda que ha perdido la brújula. En una legislatura Rufián ha defendido el multiculturalismo, el feminismo, la ley trans, la del sólo sí es sí, la de vivienda, la regularización de medio millón de inmigrantes y, cómo no, la amnistía, que convierte en inocentes a golpistas condenados por malversación sin haber devuelto un euro. Es la misma lógica, por cierto, que el Gobierno aplica para borrar a los extranjeros de las estadísticas de criminalidad. Lo ha dicho la diputada saharaui: cuando lleguen las nacionalizaciones los que roben ya serán españoles.
El viraje de Rufián es el síntoma de que les pilla el toro. Desatado el desorden posmoderno al que él y su partido han contribuido con entusiasmo, Rufián pide seguridad en las calles y vivienda para los jóvenes. Encuestas y urnas confirman el retroceso de la izquierda, que ya no es popular, sino elitista porque da la espalda a la realidad de una calle que él sí conoce. Por eso en octubre sorprendió a los suyos cuando dijo que hay un elefante en la habitación y se llama inmigración, aunque todos sabemos que en realidad se llama Alianza Catalana. Rufián ahora es partidario de que los inmigrantes se adapten a las costumbres autóctonas. En vano, la respuesta de Sánchez ha sido rebajar la exigencia a medio millón de extranjeros para ser regularizados e imponer el menú halal en todos los colegios y hospitales de España.
Es muy probable que Rufián no crea en más que en agarrarse al tablón de madera en mitad del naufragio. En alcanzar la jubilación remontando la carrera de San Jerónimo con Vito Quiles y llegar a tiempo a las croquetas de Casa Manolo, incluso después de llamar asesino a Mazón. Un lazarillo, un pícaro con máster en la universidad de la calle y más disfraces que Alejandro Lerroux, que se enfundaba el mono azul cuando le tocaba reunirse con obreros.
Es verdad que el Gabriel de las redes sociales no difiere del que sube a la tribuna del Congreso. El debate puede ser sobre la red ferroviaria española que Rufián cita a Ana Frank, insulta a Trump, teoriza sobre el cambio climático y da unas pinceladas geopolíticas sobre Groenlandia. Es todo lo que cabe en un tuit y él lo desarrolla, adopta pose de ministrable y advierte a su gente de que viene la ultraderecha.
Ahora, revestido de estadista plurinacional, Rufián quiere seducir al resto de España, incluida Andalucía, cuna de sus antepasados. Lástima que nunca lo recordara cuando ingresó en las filas de ERC como felpudo de la burguesía catalana que tanto desprecia a charnegos como él. Jordi Pujol decía de los andaluces que eran hombres poco hechos que viven en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual.
Con esta gente Rufián dio un golpe de Estado en 2017 y decía cosas como que los impuestos de los catalanes servían para pagar la beca-comedor de los niños de Jaén. Ya saben: solidaridad con Gaza o Minnesota, pero ni un euro para los gorrones de sus primos o agua para las regiones más secas.
En unos días finaliza el carnaval y a nuestro impostor ya se le ha caído la máscara. Cuando los trenes descarrilan y mueren 46 españoles en Adamuz Rufián dice que es mala suerte. Dos días después hay otro siniestro y muere el maquinista. En Gélida, Cataluña. Entonces Puente dimisión.
