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Monaguillos

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03.04.2026

Salen de casa mejor peinados que nunca sin saber lo que les espera. Lucen túnica blanca, roquete y esclavina morada. Zapatos negros y calcetines blanquísimos. Llevan colgada la medalla de su hermandad y a una edad temprana ya son parte de algo mucho mayor que ellos. Se adentran en las murallas de la ciudad con la ilusión de un primer día de colegio para acompañar a las imágenes titulares de su cofradía. Silencio, es ruán de Martes Santo. 

La semana ha sido puro aprendizaje, los niños bajan a la calle y descubren que los pasos son llevados por costaleros. Embelesados, posan la vista en esos pies que avanzan al compás y portan el Cristo o la Virgen hasta la catedral para hacer la estación de penitencia. El asombro llega con la llamada del capataz a sus muchachos: «¡Todos por igual, valientes, al cielo con ella!». Y después se oye un sonido quejumbroso cuando miles de kilos caen a plomo sobre el lomo de los costaleros. No hay dolor, el niño sueña con ser costalero algún día.

Las puertas del templo se abren minutos antes de las ocho de la tarde. Fuera aguarda la multitud, que es siempre la misma, expectante para ver el cortejo que recrea la pasión de Cristo. Da igual que lo hayan visto mil veces, cada año volvemos a empezar. Y en ese empezar nos acordamos de nuestras primeras veces cuando nos traían de la mano. La cruz de guía, flanqueada por cuatro faroles con codales de cera roja, encabeza la procesión. Detrás le siguen los estandartes romanos con las iniciales SPQR. Es entonces cuando aparece una hilera de nazarenos con cirios rojos de tonalidad sangre elevados al cielo formando una sucesión de velas encendidas en perfecta armonía.

Tras la fila de nazarenos de negro riguroso, esparto y cola de ruán al fin vemos a los niños, que son los ángeles del cortejo. Hoy todo es nuevo para ellos y uno querría volver a descubrir la Pasión a través de sus ojos inocentes. Acompañan al Cristo de las Misericordias que lleva a sus pies la Virgen de la Antigua. Stabat mater. Ellos van delante del paso junto a la pavera, pendiente de que los pequeños no se dispersen más de la cuenta. Igual es pedirles demasiado, que ya son conscientes de la belleza que les embriaga entre nubes de incienso y calles milenarias.   

Cuando crezcan descubrirán el misterio. Y por qué han de agradecer a la Contrarreforma que el pueblo se encuentre y reconozca en torno a la imagen de un crucificado o una dolorosa. Nuestra fe es una fe que baja a la calle, pura religiosidad popular, toda una provocación frente a la desnudez iconoclasta protestante. Ya lo hemos escrito: no hay nada que tema más el César de turno que un pueblo detrás de la cruz reafirmando su identidad.

La tarde agoniza, los cirios de los nazarenos iluminan las calles y el paso de Cristo avanza junto al Alcázar. A este crucificado de autoría anónima le acompaña música de capilla, la única que no desentona para recrear la muerte del hijo de Dios. Llegamos a la plaza donde una estatua de la Inmaculada, impoluta, gobierna la procesión desde lo más alto. Hay un respeto reverencial en esta esquina de Sevilla. Los niños miran al cielo y a veces se dan la vuelta para mirar al Cristo, no vaya a ser que se haya ido sin ellos. Horas más tarde, en la soledad del dormitorio, estos monaguillos soñarán la cuenta atrás para la siguiente Semana Santa. 


© La Gaceta