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Castilla grita en silencio

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13.03.2026

Qué saludable es salir de esa cárcel de asfalto, cuyos muros delimita la M-30, a respirar otros aires. De pronto, se atisban horizontes libres de patinetes eléctricos que invaden las vías principales a la hora punta y riders zumbando música del otro lado del charco. Lejos de allí languidecen los debates de nicho que nacen y mueren en la Villa y Corte, cuyo pecado capital es creer que España es el paseo de la Castellana. 

En la inmensidad castellana resisten castillos en ruinas e iglesias románicas, algunas ya desacralizadas por falta de unos fieles que mueren o emigran si es que antes no han perdido la fe. Castilla es un espejo de todo lo que fuimos y salir a su encuentro es un ejercicio a mitad de camino entre la esperanza y la nostalgia por esa España que se nos escurre entre las manos. La España de siempre, la que ahora visitamos como si nos adentráramos en un parque temático a contemplar una especie en extinción.

Aquí el tiempo pasa a otra velocidad, el ritmo de la vida es más humano y la masificación y el colapso que castigan a las grandes urbes encuentran en las plazas castellanas su reverso con la despoblación. Es la región con menos habitantes por kilómetro cuadrado y cabría preguntarse por qué diablos los poderes públicos prefieren meternos a media África y Sudamérica en lugar de impulsar un plan nacional de natalidad. Será que no hay espacio en Soria o Burgos. 

Hace dos telediarios plantear la idea de la sustitución poblacional era propio de mentes conspiranoicas. Ahora ni siquiera hace falta que hable Irene Montero con sus marronas (sic) o haga turismo ideológico en Lavapiés. Tenemos las cifras. Uno de cada cuatro nacidos en Castilla y León es de madre extranjera y la cifra aumenta en Soria y Segovia a uno de cada tres. No creo que haya un dato más demoledor: por cada dos extranjeros nuevos, Castilla y León pierde un español. 

Son números de una invasión que también llegará a la plácida Castilla y León que lidera el éxodo juvenil español. Casi la mitad de los universitarios se marcha para buscar las oportunidades que su tierra no ofrece. En el campo el relevo generacional desaparece. Cada día cierran cinco ganaderías en una comunidad autónoma que ha perdido 1.000 explotaciones ganaderas en 12 años. 

Si en las grandes capitales de España el colapso de la sanidad lo provoca el aumento de la población, en Castilla el problema es la dispersión de centros para un territorio tan vasto. El tiempo medio de espera de los pacientes en espera quirúrgica es de 87 días y el de primeras consultas de 102. En un año se han cerrado 33 consultorios locales mientras que por cada diez médicos que se jubilan, tan sólo un puesto continúa en activo.

En estas circunstancias el Gobierno anuncia el enésimo efecto llamada a la inmigración masiva que podrá beneficiarse de cobertura sanitaria gratuita. Venían a pagarnos las pensiones y acabaremos pagándoles casa, coche e hijos.

Un suceso sacude la tranquilidad castellana en la última semana de campaña: un pederasta y agresor mata a tres mujeres al provocar un incendio en un piso de Miranda de Ebro. Era un depredador sexual al que el Estado dejó en libertad tras cumplir apenas seis años de cárcel por abusar de una niña. Es el mismo Estado que pone escolta a una desequilibrada que finge agresiones en televisión, cabestrillo incluido.

Soplan aires de cambio y no hablamos de la inminente cita con las urnas. Es un cambio mucho más profundo que protagoniza la gente corriente en todo Occidente. Los de abajo se han organizado y es muy probable que en la próxima década se jueguen el ser o no ser. Esta rebelión popular —que en Castilla grita en silencio— no aspira a otra cosa que a seguir existiendo en su tierra. 

Es la España eterna, laboriosa y callada que hizo las gestas más heroicas, lo que nos recuerda que quien no vale para las cosas pequeñas no vale para las grandes. A Machado le perdonamos su pesimismo noventayochista: 

Castilla miserable, ayer dominadora / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.


© La Gaceta