Antifa en big 2026
Jamás el movimiento antifa mostró con tanta nitidez su verdadero rostro al servicio del poder, su naturaleza servil como felpudo de quienes pisan moqueta. La banda de la porra de la patronal que impulsa regularizaciones masivas de inmigrantes. El rottweiler que saca los dientes cuando el amo toca el silbato para legalizar una invasión que depaupera los salarios de los nacionales. Los tontos útiles de las grandes multinacionales que se tiñen de arcoíris o morado y patrocinan la revolución de los despachos. Porque hace tiempo que en las manifestaciones antifascistas los pasamontañas se funden con banderas LGTBI y consignas feministas, pura vanguardia del sistema.
Hace unos días una turba antifa en Lyon mató al joven Quentin, otro mártir de la decrépita Europa que persigue a quienes la defienden y protege a los bárbaros. Es un crimen generacional y político, pues en la matanza participó un asesor del partido de Melenchón, máximo exponente del islamoizquierdismo. Qué mal envejecen estos progres gabachos, que empiezan exigiendo liberación sexual en el mayo francés y acaban de rodillas ante la sharía. Es la famosa Francia Insumisa, que ya hay que tener jeta para llamar así a la sumisión más perruna.
Este trampantojo es el sustento del movimiento antifa, los antisistema con patente de corso del sistema, algo tan creíble como la grada ultra de Florentino. Hace año y medio Macron entregó el Parlamento a Melenchón y eso escandalizó a los que todavía viven en un mundo, el sempiterno izquierda-derecha, que ya no existe. El abrazo entre el gran capital transnacional y los viejos comunistas corrobora que ambos comparten enemigo, las identidades nacionales, que en Europa es tanto como decir la cruz, sustento de una civilización hoy en ruinas.
Mientras Europa espera a su Juana de Arco, en big 2026 los antifas se miran al espejo y creen ver la reencarnación de aquellos partisanos que cantaban el Bella Ciao que hablaba de lucha contra el invasor. Al menos aquellos iban al frente, porque hoy no son más que criminales urbanitas dedicados a mantener el orden mundial. Son parte del decorado de la gran farsa, el contenedor que recicla a todos los despojos de la izquierda posmoderna en la que caben desde perritos therians hasta activistas trans y no binarios. ¡Menudo ejército tendría usted hoy, general Vicente Rojo!
Claro que su vocación criminal sigue intacta. Mutan las banderas, mas no su pulsión asesina. Antes del asesinato de Quentin, Occidente ha vivido un baño de sangre antifa, a veces envuelto en el comodín del antirracismo. Thomas, adolescente blanco francés, fue cosido a puñaladas entre nueve cobardes en Crépol. A Charlie Kirk le pegaron un tiro en un campus universitario y a Iryna Zarutska, la refugiada ucraniana de 23 años, un afroamericano le rajó el cuello en un tren.
Que toda esta violencia tiene autoría política no es ningún secreto. Esta semana los diputados del Partido Demócrata —al que apoyan desde el PP hasta la extrema izquierda— han permanecido sentados en sus escaños cuando Trump homenajeaba a la joven en el Capitolio ante la presencia de sus padres.
El gesto de los diputados demócratas no es cualquier cosa. Trump sabe lo que tiene enfrente. Durante su primer mandato el movimiento antifa incendió Estados Unidos de costa a costa. Y antes de ganar las elecciones por segunda vez, el propio Trump sufrió un atentado que no acabó con su vida por milímetros. Trump tomó nota y ahora antifa es considerada una organización terrorista.
Dice el profesor Fernando Paz (en este momento me pongo en pie) que las bestias están entre nosotros, se parecen a nosotros, pero no son de los nuestros. Porque —sostiene— asistimos a una guerra por el alma de la civilización y lo demás son apenas notas a pie de página.
Miremos entonces a lo importante. Fuera aguardan dos Europas y hemos de elegir en cuál vivir. La primera es la que ya se ha rendido, como en la catedral anglicana de Bristol, que abre sus puertas para celebrar una cena por el Ramadán. La segunda es la de esos alemanes que, por su cuenta y riesgo, han cubierto las luces de Ramadán que adornan las calles de Friburgo con una pancarta que reza «bendita Cuaresma». Suerte que por allí no pasaban antifas, porque algo así es lo que costó la vida al bueno de Quentin.
