Vinaroz normalizado
Hace años, buscando en la documentación digitalizada que nos ofrece el Portal de Archivos Españoles (PARES) para escribir La conquista del Perú, di con uno documento que me llamó poderosamente la atención. En un informe fechado en 1579, el virrey Francisco de Toledo daba esta instrucción a Pedro Sarmiento de Gamboa: «Pero si encontráredes o tuviéredes noticia del navío en que va Francisco Dráquez, corsario inglés, que ha entrado en esta mar y costa del sur, y ha hecho los daños y robos que sabéis, procuraréis de lo prender, matar o desbaratar». La orden era expeditiva. Se trataba de neutralizar a Francis Drake, convertido en Francisco Dráquez en rigurosa aplicación de una práctica españolizadora que ha llegado, casi, hasta nuestros días.
Y digo casi porque si hasta hace unas décadas todo el espectro ideológico hablaba de Carlos, que no de Karl, Marx, hoy, salvo cuando entra en acción cierta dosis de ironía, nadie habla de Donaldo Trump. En la hispanosfera, Homero Simpson es una excepción, una reliquia que da testimonio de una tradición de siglos. Arrumbado el francés, el influjo americano, el del idioma inglés, combinado con el hecho diferencial lingüístico, ha dado sus frutos en la España autonómica. Si a ello sumamos una potente carga leguleya que impone topónimos oficiales, el resultado es el que todos conocemos. Un simple vistazo al mapa sobre el que se recorta el hombre del tiempo —disculpe el lector este arcaísmo, quizá machirulo— incorpora a Lleida pero nunca a Lérida, a Ourense, pero no a Orense. Si la escala desciende, muchas poblaciones serían irreconocibles para sus antiguos habitantes. Normalización llaman a este fenómeno asimétrico, pues los mapas meteorológicos de TV3, si exceden los límites de los Países Catalanes para adentrarse en el Estado opresor, llevan un Conca en lugar de un Cuenca. Un criterio, el de los catalanistas, plenamente acertado, en contraposición con el indocto método seguido por la cadena de todos.
Que en España la lengua es un negocio es algo que está fuera de toda duda. Si en Cataluña hay excedentes a los que se trata de dar salida, en Asturias andan construyendo una lengua. Ocurre, no obstante, que la española mantiene, por razones históricas y sociológicas, una enorme potencia, a pesar de la marginación a la que se somete a sus hablantes en gran parte de una España artificialmente babelizada.
Ello, el peso del negocio, conjugado con el autodesprecio que cultivan muchos españoles, explica lo ocurrido la semana pasada en Vinaroz. Allí, el pleno del Ayuntamiento aprobó un nuevo reglamento que permitirá que las comunicaciones puedan hacerse también en español. A partir de ahora, los vinarocenses podrán comunicarse con su ayuntamiento indistintamente en español y en valenciano. A ello se añade un callejero también bilingüe. La reacción a esta medida, impulsada por VOX, pues ha de recordarse que el PP se ha encargado, durante décadas, de menoscabar el peso del español en la región, no se hizo esperar: una horda de energúmenos hostigaron a la alcaldesa, Dolores Miralles, en plena calle.
Agotado el primer cuarto de este siglo XXI que los más ingenuos consideraban capaz de dar acceso a una suerte de paz perpetua, no se puede pretender la recuperación del fenómeno Dráquez, pero sí que cunda el ejemplo de Vinaroz, hoy, por fin, normalizado.
