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La jerarquía cancelada

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25.03.2026

Del último artículo de Agapito Maestre, que recomiendo vivamente, no me ha sorprendido la defensa de Santiago Abascal —la damos por consabida, aunque está muy bien argumentada—. Lo que sí me ha sorprendido, y contra todo pronóstico, es la comparación entre los escándalos mediáticos que airean de Vox y situaciones realmente indignas de la vida política (los etarras dando clase en la universidad, el desmantelamiento de los servicios públicos, la ocupación del Estado de Derecho…) que pasan sin escandalizar a nadie.

Escribo que me ha impresionado contra pronóstico porque yo, en principio, le tengo alergia al recurso de las comparaciones, especialmente cuando toman la forma del «y tú más», tan caro al bipartidismo. Son como el trilero que se pone a decir: «¿Dónde está la bolita, dónde está la bolita…?». Prefiero concentrarme en la bola o bolita o bulo que toque. Quiero decir que yo soy partidario de defender a Santiago Abascal sin tener que compararlo con otros políticos mucho peores que él, porque no hace falta. 

Sucede, sin embargo, que Maestre me ilumina una zona de la realidad que mi prejuicio tenía en penumbra. Y eso es lo que yo le pido a un artículo, no que me confirme en lo que ya pensaba. Las comparaciones son ociosas; las jerarquías, ontológicas. Y por tanto, obligatorias. Agapito no compara, jerarquiza.

España tiene un problema de frivolidad. Con tremendos socavones estructurales, demográficos y económicos, es capaz de llevarse dos semanas dándole vueltas a una cuestión menor de organización interna de un partido político. Mientras tanto, no se presta ninguna atención racional a las cuestiones que nos atañen.

El agudo periodista Arcadi Espada siempre ha defendido que los periódicos en papel cumplen un ídem imprescindible: ordenar las noticias. Al disponerlas en páginas correlativas —impares y pares, arriba y abajo, con distintos cuerpos y columnas— establecen un orden de importancia, con un código sutil pero evidente. Las redes lo han arrastrado todo a un montón bastante indiferenciado, destacado después sólo por el número de clics y la viralidad. No hay racionalidad que ordene. Termina imponiéndose lo escandaloso y lo más morboso como lo más importante.

La crítica que blande Espada es aguzada, pero hay que detectar que su filo también tiene mellas. Esa jerarquización del periódico en papel se hace en una mesa de dirección que tiene sus propios prejuicios y sus intereses ajenos. Aunque menos da una piedra y es mejor que lo de ahora, su ordenación conlleva sus desórdenes ideológicos.

Lo que propone Agapito Maestre —y yo en su estela— es algo más exigente y personal. Que no perdamos nosotros el criterio de importancia que hay que dar a las noticias, por más ruido que hagan algunas o más relato que no nos quieran contar los que quieren rehuir el bulto. Ya no tratan tanto de dominar el relato como de imponer un relajo que nos haga relativizar lo grave. No nos dejemos liar. Las normas para fijar el criterio dependen de la cultura y la crítica, pero no son tan difíciles. Los romanos lo tenían claro: la salud de la nación es la primera ley de la política: «Salus populi suprema lex». Como católicos todavía tenemos que anteponer nuestra propia conciencia, terreno sagrado donde no pueden poner sus manos ni canciller ni nadie. Están los derechos esenciales, como la vida, y también la propiedad; y luego la prosperidad de los ciudadanos y la preocupación por el futuro de los jóvenes.

Esos temas deberían ocupar las portadas. Después, en páginas interiores y letra pequeña, todos los demás asuntos que ustedes quieran, a fondo y sin comparaciones. Pero sólo si se tiene clara la escala de los problemas.Tirando de deuda pública y de ayudas europeas que nos hacen menos soberanos, el Gobierno anestesia a una población que desconoce —panem et circenses— el estado de nuestras cuentas. Les basta con divertirlo y distraerlo. Y aquí pone el dedo en la llaga de nuevo Agapito Maestre. Jaleando los diminutos conflictos de Vox se matan dos grandes pájaros de un tiro: se distrae a la opinión pública de los problemas tremendos de todos y se intenta desgastar a quien estaría dispuesto a enfrentarlos.


© La Gaceta