Nunca hubo ningún abrazo
Hay períodos de la historia que sólo cabe interpretar como una suma de malentendidos. Se toma, por ejemplo, una etapa del pasado y se procede a su cristalización en la gota de ámbar de un concepto que nadie se toma la molestia de cuestionar. Es una idea que se filtra en la psique colectiva y permanece allí durante años, toda la vida quizá, inmune a la corrosión de los hechos. Su mención provoca una reacción pauloviana, en el sentido de que concita una unanimidad que tiene algo de perruna.
En el caso de España, el ejemplo más cercano tiene que ver con el automatismo a través del cual se sigue asociando la Transición con el surgimiento de un espíritu de reconciliación nacional. La llegada de la democracia habría tenido un efecto taumatúrgico. Habría supuesto la sanación de las heridas que impedían el abrazo entre españoles y el punto de inflexión a partir del cual las diferencias ideológicas que ya se empezaban a exacerbar importarían menos que el deseo de la mayor parte de la ciudadanía de emprender un mismo camino de armonía y prosperidad.
Todavía hay personas de buena voluntad que viven en la creencia de que aquello fue un proyecto bien fundado, aunque malogrado por la fatal propensión del temperamento patrio a las discordias fratricidas. En realidad,........
