Nefastos administradores del caos
El niño no se preocupa por el orden. Es esta una evidencia que puede refrendar cualquier padre o madre durante el periodo de su vida en que ejerce la responsabilidad de la crianza. Un niño que tienda de manera espontánea a dejar cada cosa en su sitio representa una anomalía biológica, una conmovedora salvedad de la especie. En la niñez, el instinto conduce de manera natural al desparrame. Lo curioso es que así como en la psicología del infante no hay todavía espacio para calibrar las consecuencias de su proceder, sí que lo hay para dar por hecho que ya vendrán otros a subsanar el estropicio que va dejando a su paso.
Así pues, educar consiste, entre otras arduas tareas, en inculcar en la mente del niño el gusto hacia la disposición armoniosa de los objetos que le rodean. Pero esta fijación, que en casos extremos puede limitar con la neurosis, no obedece sólo al desvelo de sus progenitores por conseguir que la casa siga siendo un enclave habitable. Sucede también que los padres saben —deberían saber— que el desarrollo........
