Pero el PIB…
Siempre nos quedará el PIB, ¿verdad?, ese tótem de los políticos amarrados a la hoja de cálculo. El argumento electoral es diáfano: mientras buena parte de Europa lleva años creciendo a paso de tortuga, España ha registrado tasas de crecimiento del PIB considerablemente superiores a la media comunitaria. El año pasado, sin ir más lejos, nuestra economía creció un 2,6%.
Ahora, veamos las trampitas, porque no es como si la pobreza no estuviera extendiéndose por la población como una mancha de aceite o como si los jóvenes (y no tan jóvenes) lo tuvieran demasiado fácil para conseguir una vivienda y formar una familia. ¿Cómo se ha conseguido ese crecimiento? Si metemos en un país en unos pocos años dos millones de personas llegadas de lejos, es bastante evidente que aumentará su actividad económica. Esas personas necesitan comer, vestirse, desplazarse, alojarse en alguna parte y consumir toda clase de bienes y servicios, con independencia de que trabajen, produzcan y paguen impuestos o no. Sube naturalmente el PIB, pero eso nos dice bastante poco sobre cuánto ha mejorado la vida de la gente, menos aún de las consecuencias en veinte o treinta años.
Concluir que ese aumento constituye, sin más, un «éxito» es caer en una de esas trampas intelectuales que, sin ser necesariamente falacias ni responder a la mala fe de nadie, oscurecen infinidad de razonamientos perfectamente plausibles.La primera trampa es la que pretende que, si algo es bueno, cuanto más, mejor; que tanto da ocho que ochenta. Pero la dosis........
