menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Las almas muertas de Albares

9 0
yesterday

Dicen que nadie cuestiona el «derecho de los nietos». Mentira. Se cuestiona, y mucho. Se cuestiona que alguien que no ha pisado España en su vida, que no sabría situar Lugo en un mapa ni tiene la menor intención de aprenderlo, reciba la nacionalidad por correo certificado como quien canjea un cupón de supermercado. Y se cuestiona, sobre todo, que lo único que vaya a hacer con ese pasaporte sea votar. Votar aquí, sobre nuestra vida, desde una residencia a diez mil kilómetros de distancia.

La nacionalidad no es una estampa en sepia del abuelo ni un recuerdo nostálgico de sobremesa. Es un contrato de pertenencia. Otorga derechos porque exige obligaciones: cotizar aquí, pagar impuestos aquí, sostener los servicios públicos, padecer el mercado de la vivienda y aguantar, como todo hijo de vecino, las ocurrencias del Gobierno de turno. Quien no vive, no aporta, no tributa ni padece las consecuencias de lo que se vota no es un compatriota con mala suerte geográfica. El resultado es la perversión perfecta de nuestro sistema: derechos plenos para quienes no asumen ninguna obligación, y obligaciones acumuladas para los españoles que tendrán que vivir con lo que voten otros. Es un espectador al que Moncloa le regalaría un mando a distancia........

© La Gaceta