Estados Unidos en África: impedir la emancipación, mantener el dominio (1957-2026)
[Cuando a finales de la década de 1950 se inició la ola de independencias africanas, Estados Unidos se enfrentó a una situación sin precedentes. Los imperios coloniales europeos que dominaban gran parte del continente desde finales del siglo XIX se desintegraban rápidamente. En menos de dos décadas, varias decenas de nuevos Estados alcanzaron la soberanía, sin embargo, a ojos de muchos dirigentes africanos esta independencia política no era más que un primer paso. Dirigentes como Kwame Nkrumah en Ghana, Patrice Lumumba en el Congo, Ahmed Ben Bella en Argelia, Julius Nyerere en Tanzania, Modibo Keïta en Malí o Sékou Touré en Guinea Conakry defienden la idea de que una verdadera emancipación supone también el control de los recursos naturales, la industrialización, la cooperación entre los Estados africanos y una reducción de la dependencia respecto a las antiguas potencias coloniales. Más tarde, Thomas Sankara en Burkina Faso añadió a ello el tema de la condonación de la deuda.
Para Washington estas transformaciones se producen en un contexto dominado por la Guerra Fría. Los dirigentes estadounidenses se oponen al no alineamiento, al panafricanismo y al socialismo africano, así como a todo aquello que ponga en entredicho su acceso a los recursos estratégicos del continente.
Esta política adopta diversas formas según los períodos. En la década de 1960 se materializa en operaciones clandestinas, el respaldo a determinados golpes de Estado y el apoyo a dirigentes considerados favorables a los intereses occidentales. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos apoyó a varios regímenes autoritarios reconocidos como baluartes contra la expansión soviética o contra los movimientos revolucionarios. Tras la desaparición de la Unión Soviética la lucha contra el terrorismo se convierte en el principal marco de su compromiso militar en África. Por último, a lo largo de la década de 2020 la Administración Biden y posteriormente la segunda Administración Trump vuelven a situar a África en el centro de la competencia estratégica con China, dando prioridad al acaparamiento de minerales críticos, las infraestructuras de transporte y la seguridad de las cadenas de suministro.
El objeto de este estudio no es repasar el conjunto de relaciones entre Estados Unidos y cada uno de los países africanos, consiste en analizar las constantes de la política estadounidense en el continente a través de ciertos episodios muy reveladores: la lucha contra los líderes panafricanistas de la década de 1960, el apoyo prestado a aliados estratégicos como Mobutu o al régimen sudafricano del apartheid, la aparición del Mando África de los EEUU (AFRICOM) a partir de 2001 y más recientemente la reorientación de la política estadounidense ante el auge de China.]
I.Las independencias africanas y la lucha contra el panafricanismo (1957-1969)
La independencia de Ghana en marzo de 1957 marca un punto de inflexión fundamental en la historia del continente africano. Por primera vez una colonia del África subsahariana alcanza la soberanía bajo el liderazgo de un movimiento nacionalista de masas. Su principal líder, Kwame Nkrumah, no se limita a celebrar el nacimiento de un nuevo Estado, ya en su discurso de independencia afirma que “la independencia de Ghana solo tiene sentido si va unida a la liberación total de África”.
Un año más tarde la Guinea de Sékou Touré ofrece otro significativo ejemplo: el 28 de septiembre de 1958, durante el referéndum organizado por la Francia del general de Gaulle, los guineanos rechazan la Constitución de la V República y con ella el proyecto de “Comunidad Francesa” que debía mantener a las colonias africanas en un marco institucional dominado por París. Sékou Touré, líder del Partido Democrático de Guinea (PDG), rechaza una independencia limitada a la autonomía interna y reivindica el derecho de su pueblo a una soberanía plena y total. Guinea proclama su independencia el 2 de octubre de 1958.
Esta ruptura fue condenada de inmediato por Francia. En el momento de la retirada de la administración colonial, las autoridades francesas retiraron una parte importante de los equipamientos y medios materiales de que disponía la colonia, llegando incluso a inutilizar determinados edificios e instalaciones. Guinea se vio así confrontada desde su nacimiento a las consecuencias económicas y administrativas de su elección política.
No obstante, Sékou Touré inscribe a Guinea en el movimiento de lucha contra el colonialismo y el no alineamiento. Al igual que Nkrumah, considera que la independencia política solo tiene sentido si abre el camino a una verdadera autonomía económica y a la cooperación entre los pueblos africanos. Guinea prestó su apoyo a los movimientos de liberación que luchaban contra la dominación colonial, sobre todo en las colonias portuguesas, convirtiéndose en un lugar de acogida para militantes y organizaciones anticolonialistas.
Las trayectorias de Ghana y Guinea presentan diferencias, pero expresan una misma aspiración: transformar la independencia jurídica en una emancipación real. Es precisamente esta perspectiva la que inquieta a las antiguas potencias coloniales y a Estados Unidos, que busca preservar un orden económico internacional favorable a las potencias occidentales. Estas posturas resumen la ambición que animaba a una parte importante de los dirigentes africanos de la época. La independencia no debía conducir a la fragmentación del continente en Estados débiles y dependientes, sino a la construcción de una solidaridad política, económica y cultural capaz de resistir a las antiguas potencias coloniales y a las nuevas formas de dominación.
Nkrumah se convierte rápidamente en la figura más influyente de esta corriente panafricanista. Acoge en Accra conferencias que reúnen a dirigentes africanos, militantes anticolonialistas y representantes de los movimientos de liberación que todavía luchan contra la dominación portuguesa, británica o francesa.
En Washington esta evolución suscita una oposición cada vez mayor. Estados Unidos había apoyado oficialmente el principio de la descolonización, sobre todo para debilitar a los antiguos imperios europeos, pero no toleraba que surgieran gobiernos capaces de cuestionar el orden económico internacional dominado por las grandes potencias capitalistas e imperialistas. El problema no es solo ideológico; Ghana controla importantes exportaciones de cacao, mientras que otros países africanos disponen de recursos estratégicos esenciales para la industria occidental: cobre, cobalto, uranio, manganeso, cromo o petróleo.
La administración Eisenhower esperaba en un primer momento mantener buenas relaciones con Nkrumah, que realizó una visita oficial a Estados Unidos en 1958 y gozó de cierta simpatía entre la opinión pública estadounidense, pero tanto sus posturas a favor de la no alineación como su acercamiento al Egipto de Nasser, a la República Popular China y a la Unión Soviética, así como su apoyo a los movimientos revolucionarios africanos, alimentaron la animadversión de Washington.
El deterioro de las relaciones se aceleró a principios de la década de 1960. Ghana se enfrentaba a crecientes dificultades económicas, mientras que la oposición interna se fortalecía. En febrero de 1966, mientras Nkrumah se encontraba de viaje por China y Vietnam del Norte, un golpe de Estado militar lo derrocó. Archivos desclasificados revelan que la CIA conocía los planes de los golpistas y mantenía estrechos contactos con los opositores al régimen, mientras que altos cargos estadounidenses deseaban el derrocamiento de Nkrumah por parte de fuerzas prooccidentales. Para muchos dirigentes africanos la caída de Nkrumah supuso una advertencia: los proyectos de autonomía continental se topaban con la hostilidad de las grandes potencias occidentales.
Sin embargo, el episodio de Ghana no es más que el complemento de una crisis mucho más grave: la del Congo.
El Congo Belga consigue su independencia gracias a grandes movilizaciones populares el 30 de junio de 1960. Su inmenso territorio alberga algunos de los recursos mineros más importantes del mundo, como el cobre y el cobalto de Katanga o el uranio de Shinkolobwe utilizado para la fabricación de las bombas atómicas estadounidenses durante la Segunda Guerra Mundial. El nuevo primer ministro, Patrice Lumumba, encarna la esperanza de una independencia verdaderamente soberana.
Durante la ceremonia oficial celebrada en Leopoldville en presencia del rey Balduino, Lumumba pronuncia un discurso que rompe con la retórica de gratitud que esperaban las autoridades belgas. Denuncia las humillaciones de la colonización afirmando la voluntad del pueblo congoleño de controlar su propio destino. Este discurso provoca inmediatamente una fuerte oposición en Bruselas y Washington.
Pocos días después de la independencia el ejército congoleño se amotina, mientras que la provincia de Katanga, dirigida por Moïse Tshombe y respaldada por los intereses mineros belgas, se separa del país. Lumumba solicita la ayuda de la ONU para preservar la unidad del país y ante la insuficiencia de dicha ayuda recurre a la Unión Soviética para obtener apoyo logístico.
Los documentos desclasificados revelan que la administración Eisenhower consideraba entonces a Lumumba una grave amenaza para los intereses occidentales en África Central. Se encomendó a la CIA la misión de apartarlo del poder, barajando diferentes planes de asesinato. En septiembre de 1960 el presidente Joseph Kasa-Vubu anuncia su destitución, mientras que el coronel Joseph-Désiré Mobutu toma el control del ejército con el apoyo de Estados Unidos y Bélgica.
Detenido, trasladado a Katanga y posteriormente entregado a las autoridades secesionistas, Lumumba fue ejecutado el 17 de enero de 1961.[1]Durante mucho tiempo los Gobiernos belga y estadounidense minimizaron su responsabilidad en este asesinato, pero las investigaciones parlamentarias belgas y estadounidenses, así como los trabajos de numerosos historiadores, han demostrado la implicación de las autoridades belgas y el papel central que desempeñó la CIA en los esfuerzos por eliminar políticamente a Lumumba.
El impacto de este suceso trasciende con creces las fronteras del Congo. Para gran parte de la opinión pública africana y del movimiento de los no alineados, el asesinato de Lumumba se convierte en el símbolo de la intervención de las potencias occidentales contra los dirigentes que pretenden controlar las riquezas de su país y llevar a cabo una política independiente.Al mismo tiempo otras experiencias de soberanía africana despiertan también la desconfianza estadounidense.
En Malí, Modibo Keïta emprende una política de planificación económica, desarrolla las empresas públicas y trata de reducir la dependencia respecto a la antigua potencia colonial francesa. En Tanzania, Julius Nyerere elabora el proyecto del Ujamaa, una forma de socialismo africano basada en las comunidades rurales, al tiempo que apoya activamente a los movimientos de liberación del sur de África. En Argelia, Ahmed Ben Bella transformaba Argel en la capital del Tercer Mundo revolucionario, acogiendo a militantes anticolonialistas y revolucionarios como el Che Guevara y a representantes del FLN vietnamita, del MPLA angoleño, del PAIGC de Guinea-Bissau[2] o del CNA sudafricano. En todos los casos los responsables estadounidenses actúan para combatir por cualquier medio la constitución de una red transnacional de solidaridad tricontinental (África-Asia-América Latina) antiimperialista y revolucionaria.
Uno de los objetivos es la figura de Mehdi Ben Barka. Opositor marroquí y antiguo presidente de la Asamblea Nacional, Ben Barka se convierte en uno de los principales organizadores de la Conferencia Tricontinental prevista en La Habana para 1966. Su proyecto tiene como objetivo acercar a los movimientos revolucionarios de África, Asia y América Latina desde una perspectiva antiimperialista global. Su secuestro en París en octubre de 1965 en una operación en la que participaron los servicios de seguridad marroquíes y franceses, provocó fuertes reacciones a nivel internacional. Existen indicios serios que demuestran........
