menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La dimensión utópica (versión ampliada)

35 0
28.08.2026

Se dice que los libertarios viven en un mundo de sueños sobre

el porvenir, y que no ven las cosas presentes. Tal vez las vemos

demasiado, y con sus verdaderos colores, y es por eso que

llevamos el hacha en medio de este bosque de prejuicios

autoritarios que nos obcecan. (Piotr Kropotkin)

El sueño de una sociedad armónica

La utopía es una manera específica de imaginar la actividad social opuesta a la realidad vigente, y por eso, radicalmente crítica. No solamente se trata de una visión feliz propia de un modo de vida dichoso presentado como ideal: es un esfuerzo intelectual por cambiar la realidad. Utópico, decía Herbert Marcuse, “es todo aquello que el poder de las sociedades imperantes prohíbe salir a la luz.” Karl Mannheim, en su influyente trabajo “Ideología y Utopía”, consideraba utopista todo pensamiento que cuestionaba el orden establecido e incitaba a la revuelta. Así pues, solo se designarían como “utopías aquellas orientaciones que trascienden la realidad cuando, al pasar al plano de la práctica, tiendan a destruir, ya sea parcial o completamente, el orden de cosas existente en determinada época.” En las utopías se manifestarían las aspiraciones, los ideales y los sistemas de valores de los grandes movimientos sociales; son, pues, visiones globales del mundo, coherentes y estructuradas, y representan las necesidades profundas de una época. A partir de 1750, cuando se publica “El Año 2440. Un sueño como no ha habido otro”, del ilustrado pendenciero Louis Sébastien Mercier, las utopías dejaron de ser no lugares, imaginarios imposibles, puesto que ocurrían, solo que en siglos venideros. En ese sentido nosotros preferimos hablar de ideal, o simplemente de “idea” tal como hacían los anarquistas españoles. Y añadimos que, cuando las condiciones subjetivas y objetivas de realización de una sociedad libre no son halagüeñas, cuando las fuerzas materiales e intelectuales capaces de lograr un cambio social profundo no están presentes en magnitud suficiente, cuando ningún proyecto revolucionario creíble es inmediatamente realizable, la negación radical de lo existente adquiere connotaciones utópicas. La dimensión utópica o romántica del pensamiento crítico -el susodicho ideal, la anarquía- salva a los rebeldes del derrotismo trasladando el deseo de una vida sin constricciones al terreno de la imaginación y del sueño, en espera del momento favorable para su realización. El clima utópico libera de la desmotivación, puesto que mantiene el anhelo de una sociedad perfecta y pone en marcha las voluntades de cambio. En el caso libertario más que en ningún otro, la utopía no es entonces más que un artilugio propagandístico para mostrar expectativas de una futura emancipación con las que movilizar a las masas dolientes. Lejos de ser una evasión desde la historia hacia la fantasía, “es la verdad del mañana”, en palabras de Victor Hugo, algo al alcance, pura anticipación. La utopía libertaria, en su afán por demostrar la aptitud de los hombres y mujeres de hoy para vivir racionalmente en comunidad, sin leyes ni reglamentos, sin jefes ni propiedades, forma parte del combate social: refleja las aspiraciones igualitarias y fraternales de las facciones más radicales de las clases oprimidas. Es como ideal realizable, un programa.

El anarquismo es una concepción del mundo enraizada en las tradiciones sociales y políticas radicales de la cultura universal, particularmente las que postulaban la soberanía popular ejercida directamente y rechazaban cualquier tipo de opresión. Críticas contra la autoridad y toda forma de poder separado encontraremos en filósofos griegos y chinos, personajes singulares como Rabelais o La Boétie, pensadores ilustrados y socialistas decimonónicos. Asimismo, facciones extremas por la libertad y la igualdad se harán presentes en los motines, revueltas y revoluciones a lo largo de la historia. No obstante, el anarquismo tal como lo concebimos ahora, no adquirirá un cuerpo de doctrina mínimamente coherente hasta la amalgama de la crítica social antiautoritaria con el federalismo y la lucha de clases, producida en el seno de la Asociación Internacional de Trabajadores. Al rehusar la acción política dentro de las instituciones burguesas y propugnar la abolición del capitalismo y del Estado como objetivo inmediato, el anarquismo se situaba en el terreno de la cruda realidad. Ahora bien, en el plano teórico quedaban por explicar las líneas generales constitutivas de la sociedad resultante del combate revolucionario entre clases, elementos fundamentales para la destrucción ideológica de las quimeras capitalistas. El internacionalista y amigo de Bakunin James Guillaume fue consciente de esa necesidad al exponer, en un artículo titulado “La Comuna Social” y publicado en 1871, lo que sería “una comuna inmediatamente después de la revolución social, durante la época de transición en la que será necesario hacer socialismo con los hombres y los medios de hoy.” Con este primer paso quedaba pendiente “trazar un cuadro de la sociedad tal como aparecería en el porvenir moviéndose anárquicamente la libertad individual en la comunidad social y produciendo la armonía”, algo que Joseph Déjacque había tratado de hacer en 1858 con la redacción de su “Humanisferio”, la primera utopía netamente anarquista. En fin faltaba el bosquejo de una sociedad emancipada que podía funcionar, basada en la armonía de intereses y la participación libre en los deberes comunes, sin dioses ni amos; una sociedad producto final del proceso revolucionario. Faltaba pues la formulación probable del ideal libertario aunque fuera en clave de ficción. En consecuencia, el anarquismo se orientaba hacia la utopía anti-burguesa. En completa oposición al marxismo, el anarquismo postulaba que la conducta humana era determinada más por el ideal que por la necesidad histórica, a definir por expertos en la materia. Salvo las excepciones pasadistas a tener en cuenta, por lo general el mañana pesaba más que el ayer.

Utopía, felicidad y razón

La represión de la Comuna y de otros intentos revolucionarios, junto con la subsiguiente persecución de la Internacional en los países latinos y la desmovilización de las masas oprimidas, determinaron la división del movimiento anarquista en torno a temas como la organización, la violencia, la legalidad, el comunismo o la mismísima civilización. En el congreso internacional de Londres (1881) una mayoría se........

© Kaos en la red