Historia del movimiento feminista en España -Siglo XX: 1900-1923 (Dictadura de Primo de Rivera)-
El movimiento de mujeres que arranca en el siglo XX se ha gestado al calor del pensamiento ilustrado que combatía la superstición y los dogmas, de la corriente positivista que ponía en valor a la ciencia buscando argumentos en ella para combatir la supuesta inferioridad del sexo femenino, y del trabajo de la Institución Libre de Enseñanza, inspirada a su vez en el krausismo favorable a la educación de las mujeres como forma de generar progreso en la sociedad.
A nivel político la influencia de las ideas liberales, sobre todo tras el Sexenio Democrático les lleva a reclamar ciudadanía y los derechos que de ella se desprenden. El inicio de este recorrido tiene como telón de fondo una pregunta: «Si todos los seres racionales son iguales, ¿por qué las mujeres quedan excluidas?».
El contexto en que se encuentran las mujeres al inicio de esta nueva andadura, es el de una profunda inestabilidad política y un gran conflicto social debido a que en España nunca se consiguió una monarquía de tintes liberales como en el resto de Europa, sino una monarquía parlamentaria con el rey Alfonso XIII al frente en la que no existía una verdadera representación política que complaciera a toda la diversidad de grupos sociales e incapaz de responder a sus problemas. Una industrialización desigual, una elevada pobreza y la falta de derechos laborales provocaron el crecimiento del movimiento obrero, el sindicalismo y una gran conflictividad laboral y social. Importante también fue el fuerte movimiento anticlerical que planta cara al poder que acapara la Iglesia y a la fuerte influencia que tiene en la moral y costumbres de la ciudadanía, al que las mujeres no tienen más remedio que unirse dado el importante freno que suponía esto de cara a su progreso e incorporación en la sociedad.
A nivel internacional, el movimiento socialista está muy consolidado y organizado, sobre todo en los países industrializados como Alemania, Francia e Italia. Dentro de este movimiento las mujeres se organizan formando sus grupos propios, destacando en Alemania las figuras de Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, y en Rusia Alexandra Kollontai. Existía una confrontación entre las sufragistas burguesas que se limitaban a pedir el voto convencidas de que votando podrían cambiar las leyes, y las más revolucionarias que pensaban que solo cambiando el orden social y aboliendo el capitalismo, la mujer trabajadora podría liberarse de la opresión. La revolución rusa de 1905 primero, y de 1917 después, supuso una demostración de la capacidad de organización del proletariado. Y la I Guerra Mundial (1914-1918) originó un fuerte movimiento por la Paz en la que las mujeres tuvieron un protagonismo fundamental.
En este ambiente de agitación y echado ya a andar el movimiento feminista, es difícil no imaginar a organizaciones de mujeres implicadas en estas movilizaciones, creando redes, buscando aliadas en el trabajo, promoviendo huelgas, participando en organizaciones obreras o interviniendo en la prensa y en la tribuna e incluso creando alianzas internacionales.
Comparativamente con el resto de Europa, y a pesar de estos significativos progresos, podría decirse que entrado el siglo XX, el movimiento feminista español sufría un atraso manifiesto, compartido por muchos autores y autoras. Decía la gaditana Amalia Carvia Bernal1:
Mientras en otros países las mujeres se agrupan, estudian y luchan por conquistar sus derechos civiles y políticos, en España seguimos aún adormecidas, sin organización suficiente y sin la educación necesaria para comprender nuestra misión social.
Sin embargo, y a pesar de todo, crece el número de mujeres preocupadas por su destino y con la conciencia de que sólo en la organización encontrarán el camino. A lo largo del periodo que nos ocupa, las dos primeras décadas del siglo, se produce tal eclosión en el movimiento que podría decirse que es a partir de este momento que el movimiento feminista queda consolidado en España, con tres importantes focos: Barcelona, Madrid y Valencia. Esta ebullición alcanza incluso a las mujeres cercanas a los sectores más conservadores (iglesia, las élites y la monarquía), que empiezan también a organizarse al entender que está en juego el orden establecido y que, de no participar, estos cambios se llevarían a cabo sin ellas y contra los valores que defendían, como es el caso de las siguientes organizaciones: «Junta de Damas» (finales del s. XIX–primeras décadas del XX), «Ligas Católicas Femeninas» (1905–1925), Asociación de «Damas de la Buena Prensa» (1906) formada por la aristocracia madrileña y que obtuvo la bendición del Papa Pío X, «Asociación Católica Nacional de Propagandistas» (Madrid 1909), «Acción Católica de la Mujer» (1919) o la «Asociación de Damas del Sagrado Corazón». Las labores que desempeñaban eran sobre todo de índole social y moral. Muchas de estas organizaciones formaban parte de lo que se conocía como «catolicismo social reformista», por lo que no solo se preocupaban de preservar la moral católica entre las mujeres, sino que también desarrollaron una gran simpatía con las obreras implicándose en la mejora de sus condiciones laborales. Destacaron en este campo María de Echarri y Dolors Monserdá, mujeres que formaban parte de una élite social, política e intelectual interesadas por el colectivo de mujeres obreras, concretamente por las obreras de la aguja, pero siempre desde una perspectiva de «caridad». Decía Echarri en una conferencia impartida en la Asamblea Diocesana de Murcia y en la Semana Social de Sevilla sobre las condiciones de las trabajadoras a domicilio:
¡Qué alegría tan dulce la de la madre de familia rica al pensar que por ella ríen y gozan, en vez de llorar lágrimas de una amargura peor que la hiel, esas madres que no tienen un pedazo de pan que dar a sus hijos!… ¡Este sí que sería un movimiento femenino digno de realizarse!2
Desde la perspectiva de estas organizaciones católicas, el verdadero movimiento femenino y feminista será el que practique la caridad como buenas cristianas, destacando el papel de la madre rica «salvadora» en contraposición de las sufragistas «enloquecidas».
Obviando este enfoque nada transgresor, se podría decir que el componente de «lucha colectiva» en pos de mejoras para la vida de las mujeres se dio en varios ámbitos diferentes: la prensa, el espacio de la lucha obrera, organizaciones vinculadas con partidos políticos y otras organizaciones autónomas de mujeres buscando la conquista de derechos civiles y mostrando un fuerte compromiso con el anticlericalismo y el movimiento de mujeres contra la Guerra y por la Paz.
En relación con el espacio de la lucha obrera, desde finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del siglo XX, las mujeres trabajadoras en España ya se organizaban para hacer frente a sus condiciones laborales y a su exclusión de las estructuras sindicales dominadas por hombres. Obreras textiles, cigarreras, empleadas del servicio doméstico y trabajadoras a domicilio se organizaban para mejorar sus condiciones laborales. Las ocupaciones más frecuentes de estas últimas eran: costureras a máquina, encajeras, hilanderas, calceteras, bordadoras, tejedoras, planchadoras, modistas, sastras, costureras para tiendas, guanteras, guarnecedoras, reparadoras de calzado y amas de cría. Todas ellas en condiciones de extrema precariedad. Se conoce la existencia de la «Sociedad de Cigarreras» de las Fábricas de Tabaco de Madrid, Sevilla y Cádiz (principalmente), activas desde finales del siglo XIX, y conocidas por su carácter combativo; las «Sociedades de Obreras Textiles» en Cataluña; la «Asociación femenina de sirvientas» y la organización de obreras textiles «Bien de Obreras» (1900-1903) ambas en Valencia, esta última fundada por la maestra Carmen Soler y por la pionera del feminismo obrero en Valencia, Elena Just, que protagonizaron la sonada «huelga de hilanderas de Valencia» en octubre de 1902; las «Asociaciones de Modistas y Costureras» en Madrid; la «Unión Femenina de Obreras de la Aguja», formada por modistas, costureras, bordadoras y trabajadoras a domicilio, activa durante la primera década del siglo XX, que centró su acción en la mejora de salarios, la regulación de la jornada y la denuncia de la explotación específica del trabajo femenino, o la sociedad obrera «La Feminista» (1910), formada por las cigarreras alicantinas.
Mención especial merece «La Unión», «Sociedad feminista de Resistencia y Socorros mutuos» de Elche, considerada la primera sociedad feminista ilicitana, y apoyado por el Círculo obrero de la ciudad, que en pocas semanas ya tuvo 1.200 asociadas. Su primera presidenta fue Amalia Mendiola.
«FEMINISMO SOCIALISTA»
En relación con la ocupación del espacio de las organizaciones políticas se considerará pionero al PSOE por la creación de los «Grupos Femeninos Socialistas» (GFS), impulsados por las Juventudes Socialistas de cada localidad. Se conocen, entre otros, el pionero GFS de Bilbao (septiembre de 1904) liderado por la obrera guarnecedora de calzado Virginia González Polo, al que siguieron los GFS de Madrid (1906), Barcelona, Eibar, El Ferrol, Mieres, Valencia, Capdepera, Erandio, Gallarta, Sevilla y algunos más. Su objetivo prioritario era difundir la doctrina socialista entre las mujeres utilizando su posición de madres y educadoras en el seno de las familias, entre otras cosas para sacarlas de la influencia de los confesionarios. También tenían como meta organizar a las trabajadoras en «Sociedades de Oficios» dentro de la UGT para hacer frente a los abusos de la patronal y defender así los derechos laborales específicos de las mujeres, entre ellas las «Sociedades de Sastras», de «Constructoras de sobres», de «Escogedoras de trapos», de «Modistas», de «Lavanderas y Planchadoras», etc. Por ejemplo, «El Despertar Femenino»3, sindicato de mujeres obreras del sector alpargatero de Elche ligado a la UGT, fundado en 1903, nada más crearse ya contaba con 712 afiliadas, y siguió funcionando hasta los años 30. Todas ellas eran muy activas durante las celebraciones del 1º de mayo, jornadas electorales o luchas contra el clericalismo o la Ley de Jurisdicciones.
Sin embargo, entre sus fines no se menciona la lucha por la consecución de derechos políticos para las mujeres. Es por esto que Marta del Moral Mata4 consideraba a estas organizaciones como «parcialmente transgresoras» ya que ocuparon un espacio novedoso hasta entonces para las mujeres, el sindical y político, pero renunciaron a la posibilidad de introducir demandas específicas de género junto a las de clase, llegando incluso a renunciar a la demanda del voto femenino, probablemente influenciadas por la figura de referencia, la alemana socialista Clara Zetkin que renegaba de la colaboración con el feminismo burgués, cuyo principal objetivo era la obtención del sufragio. El socialismo prefería trabajar por el triunfo de la revolución socialista creyendo que esto traería consigo una mejora de las condiciones de vida de las mujeres y el logro de todos sus derechos como ciudadanas. Este posicionamiento respecto al voto fue cambiando con el tiempo, creando divergencias de opinión al respecto. Carmen de Burgos, Virginia González y Elena Norabuena encabezaron en noviembre de 1919 el grupo de mujeres socialistas madrileñas que se mostraron a favor de organizar un mitin a favor del voto femenino, a pesar de otras como Ana Posadas que lo veían un peligro «por no estar la mujer suficientemente educada». Se nombró como oradoras para dicho mitin a Carmen de Burgos y a Virginia González, pero finalmente nunca tuvo lugar. Además, María Hernández y Carmen González, presidenta y secretaria de la AFSM en 1919, quisieron colaborar con la «Unión de Mujeres de España» para la celebración del VIII Congreso de la International Women’s Suffrage Alliance en Madrid en diciembre de 1919, pero la Dirección Nacional del Partido prohibió expresamente esa colaboración5.
Durante esta época en el seno del socialismo los jóvenes varones, a partir de los 27 años se podían afiliar al Partido Socialista, mientras que a las mujeres de cualquier edad solo se les permitía militar en el espacio de las Juventudes, alejadas del centro «masculino» y «adulto» donde se encontraba la dirección del Partido, aunque la evolución del GFS en Madrid (GFSM) fue distinta, pues en 1908 decidieron dejar de formar parte de las Juventudes y constituirse como Agrupación socialista independiente, como fue el caso de la «Agrupación Femenina Socialista» de Madrid (AFSM), presidida durante muchos años por Virginia González, quien adquirió un enorme protagonismo al llegar a ser la primera mujer que formó parte del Comité Nacional del PSOE (1915-1918) y al de la UGT (1916-1918). Sin embargo, Virginia terminó abandonando las filas socialistas para, en unión de otros destacados partidarios de la Tercera Internacional y de la revolución soviética, fundar el Partido Comunista Obrero Español en abril de 1921 y posteriormente formar el Partido Comunista de España en noviembre de 1921, siendo elegida Secretaria femenina de su Comité Central. Su prestigio era tal que fue enviada como delegada al Tercer Congreso de la Internacional Comunista celebrado en Moscú, aunque tuvo que regresar a España al llegar a París por la grave enfermedad que poco después le costaría la vida a los 50 años de edad.
Los GFSM junto con las Juventudes Socialistas impulsaron la campaña llevada a cabo en 1909 contra la Guerra de Marruecos o de Melilla (1909-1927). La protesta, aparte de denunciar el hecho de que se trataba de una guerra imperialista por el reclutamiento de soldados, lo cual suponía una importante pérdida de ingresos en........
