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¿Podrían existir los Estados modernos sin élites políticas, sociales y económicas que los controlen?

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19.02.2026

En el panorama de la teoría política contemporánea, el concepto del Estado moderno se erige como una entidad compleja, definida por su capacidad para ejercer soberanía sobre un territorio, administrar leyes y políticas públicas, y gestionar recursos económicos y sociales.

Surgido en el contexto histórico de la Europa postmedieval, el Estado moderno se caracteriza por su burocracia centralizada, su monopolio sobre la violencia legítima —tal como lo describió Max Weber— y su dependencia de estructuras de poder que facilitan la toma de decisiones en sociedades cada vez más interconectadas y especializadas. Sin embargo, una pregunta fundamental surge en debates académicos y filosóficos: ¿pueden estos Estados funcionar de manera viable sin la presencia de élites políticas, sociales y económicas que ejerzan control sobre ellos?

Las élites, en este contexto, se refieren a grupos minoritarios que concentran poder, recursos e influencia, ya sea a través de posiciones gubernamentales (élites políticas), redes sociales y culturales (élites sociales) o control económico (élites económicas).

Teóricos clásicos como Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca y Robert Michels argumentaron que tales élites son inevitables en cualquier sociedad organizada, desafiando ideales democráticos e igualitarios. Por otro lado, perspectivas anarquistas y estudios antropológicos sobre sociedades indígenas y comunales sugieren alternativas donde el poder se distribuye de forma más horizontal, sin jerarquías rígidas.

Este ensayo explora exhaustivamente esta interrogante, analizando teorías históricas, argumentos a favor y en contra, casos de estudio y posibilidades futuras. La tesis central es que, aunque las élites parecen inherentes a la complejidad de los Estados modernos, su dominancia absoluta no es inevitable; mecanismos innovadores podrían mitigar su control, pero eliminarlas por completo podría comprometer la viabilidad estatal, llevando a inestabilidad o fragmentación.

Perspectivas históricas y antropológicas sobre las élites en las sociedades humanas

Para contextualizar la discusión sobre la viabilidad de los Estados modernos sin élites, es imprescindible examinar las raíces históricas y antropológicas de las estructuras de poder en las sociedades humanas. Desde una perspectiva antropológica, las sociedades preestatales, como las bandas de cazadores-recolectores que dominaron la existencia humana durante la mayor parte de su historia evolutiva —aproximadamente 300.000 años—, operaban en gran medida sin élites permanentes.

Antropólogos como Marshall Sahlins, en su obra Stone Age Economics (1972), describen estas sociedades como «afluentes originales», donde la igualdad se mantenía a través de mecanismos de reciprocidad generalizada y redistribución obligatoria de recursos. Por ejemplo, en grupos como los Hadza de Tanzania o los Yanomami de la Amazonia, no existían líderes hereditarios ni acumulaciones de riqueza; en cambio, el liderazgo era situacional y temporal, emergiendo solo en contextos específicos como cacerías o conflictos, y siempre sujeto a consenso grupal. Estos sistemas evitaban la formación de élites mediante prácticas culturales que penalizaban la ambición individual, como el ridículo público o la exclusión social, lo que sugiere que la jerarquía no es un rasgo biológico inherente, sino una construcción social contingente.

Históricamente, el surgimiento de élites coincide con la transición a sociedades agrarias y el nacimiento de los primeros Estados alrededor del 3500 a.C. en regiones como Mesopotamia, Egipto y el Valle del Indo. Según el historiador James C. Scott en Against the Grain (2017), esta evolución no fue un progreso inevitable, sino una respuesta a presiones ambientales y demográficas que favorecieron la sedentarización y la acumulación de excedentes agrícolas. En Sumeria, las élites sacerdotales y reales emergieron para gestionar irrigación y almacenamiento, monopolizando el conocimiento y la violencia para mantener el orden. Sin embargo, Scott argumenta que estos Estados tempranos eran frágiles y a menudo colapsaban, permitiendo periodos de «barbarismo» donde sociedades sin élites —como nómadas o comunidades periféricas— prosperaban con mayor resiliencia. En la Antigua Grecia, el contraste entre la Atenas democrática, donde la participación ciudadana mitigaba parcialmente el control elitista, y la Esparta oligárquica, ilustra cómo las élites históricas han sido tanto estabilizadoras como opresivas.

Desde una lente antropológica comparativa, sociedades como las de los pueblos polinesios precoloniales o los Iroquois de Norteamérica se demuestran híbridos: confederaciones con consejos rotativos que distribuían poder, evitando élites centralizadas. Los Iroquois, con su Gran Consejo de 50 sachems elegidos por clanes matrilineales, operaban sin un soberano único, priorizando el consenso y la revocabilidad de mandatos. Esta perspectiva histórica y antropológica revela que, aunque las élites facilitan la complejidad en Estados grandes, su ausencia en sociedades menores ha permitido viabilidad a largo plazo, desafiando la noción de inevitabilidad elitista.

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