Estudio sobre la competitividad
Krugman, Vicenç Navarro, Navarrete, y García Vara
La distancia dialéctica entre un experto capitalista —economista o político— y un argumentador no capitalista es comparable a la que separa a un teólogo monoteísta de un razonador ateo: la discrepancia comienza en la primera premisa. Paul Krugman y Vicenç Navarro estarían entre los primeros; Navarrete, García Vara y yo mismo, entre los segundos.
Aquellos manejan los conceptos del mercado como los teólogos a Dios o el matemático el cero o el infinito, mientras que para nosotros ni dios ni el cero o el infinito (no hay una sola Matemática) son algo más que otra hipótesis más. Por eso, mientras para ellos la libre concurrencia, el mercado y la competitividad son conceptos imprescindibles porque forman parte de la médula ósea del capitalismo, para nosotros no sólo son prescindibles (salvo el mercado de productos secundarios), es que son funestos. Y por eso mismo ellos y los que hablan y discrepan sobre cuál deba ser, por ejemplo, la política monetarista o cómo ser más competitivos, lo hacen igual que dos juristas que discuten sobre una ley pero respetando ambos la constitución a cuyo amparo se ha promulgado esa ley. Mientras que nosotros hacemos una enmienda a la totalidad de la libre concurrencia. Lo mismo que rechazamos el ordenamiento jurídico y destapamos sus contradicciones flagrantes, el injusto social de sus normas y la manera de interpretar los jueces las leyes según la clase social a que pertenecen los procesados. En este sentido podemos tropezarnos con la silogística de un Vicenç Navarro contradiciendo a Paul Krugman en distintas cuestiones: dos economistas del capital, más o menos críticos del sistema y más o menos «izquierdosos», pero al fin y al cabo ambos discuten desde la socialdemocracia capitalista. El uno de un prestigio ganado principalmente en el New York Times, y el otro en numerosas organizaciones académicas moderadas pero también capitalistas.
Dentro del universo conceptual de la economía capitalista, con su vocabulario y nomenclatura propios, quiero detenerme en un concepto al que se atribuyen virtudes casi taumatúrgicas: la competitividad.
Cada vez que oigo o leo algo sobre ella —un término omnipresente en los discursos de políticos y economistas— me estremezco. Es como si, después de los infiernos de Chernóbil y Fukushima, asistiéramos a foros dedicados a estudiar dónde situar nuevas centrales nucleares, sin cuestionar antes la necesidad de construirlas.
Mientras ellos, los economistas, políticos y periodistas hacen gravitar sus discursos en torno a la productividad y el crecimiento, fundiendo conceptos como progreso y desarrollo aun sostenible, nosotros........
