La última noche de Primo Levi en Auschwitz
Al comienzo de La tregua (Muchnik editores, 1988), El deshielo, Primo Levi (Turín, 1919 – 1987) cuenta los últimos momentos de Auschwitz, cuando los alemanes ante la cercanía de las tropas del ejército rojo decidieron evacuar el campo, llevando consigo a los detenidos sanos. La suerte acompañó a Levi, una vez mas, y lo digo así, ya que en este caso, fue la enfermedad, la escarlatina, la que hizo que quedase ingresado en la enfermería de Buna-Monowitz, «entre los ochocientos que quedaron…cerca de quinientos murieron de sus dolencias, de hambre y de frío, antes de que llegasen los rusos, y otros doscientos, a pesar de los cuidados recibidos, durante los días inmediatamente posteriores», y si digo una vez más, reitero, es debido a que su oficio de químico y el saber algo de alemán hicieron que pudiese librarse del frío invierno en el laboratorio de la fábrica de caucho de la IG Farben. Precisamente esta suerte le atormentaba sobremanera, ya que opinaba que los que habían sobrevivido era a costa de otros, por haber obtenido algunos privilegios, cuestión, la que calificaba como zona gris, de la que trataba en Los hundidos y los salvados (Muchnik, 1986); podría decirse que tal vez esta fuese una de las causas que motivaron su suicidio el 11 de abril de 1987, la culpabilidad del superviviente, a lo que habría de añadirse su bajón depresivo tras una operación de próstata, el ascenso de las corrientes negacionistas y cuestiones domésticas que le hacía convivir con un par de ancianas.
Si desde los primeros días de enero, de 1945, se esperaba la llegada de los rusos, las primeras avanzadillas fueron vistas, por Primo Levi y su amigo Alberto, el 27 de enero. Si he nombrado un amigo, a lo largo de Si esto es un hombre y en otros lugares , señala cómo en medio de aquel infierno había personas que daban ejemplo de dignidad: Charles, Arthur, Lorenzo Padrone -del que dijo que le había salvado la vida-, obrero de la construcción de las paredes externas del campo, que hacía favores a Levi facilitándoles comida y enviando sus mensajes a sus familiares… a esta incompleta lista ha de sumarse el médico que le facilitó un libro a Primo Levi, diciéndolo: oye italiano, te dejo este libro que ya me lo devolverás cuando volvamos a vernos. El italiano tenía el hambre propio del lugar, a la vez que tenía hambre de letra impresa, y ello hizo que tomase con sumo gusto el regalo de Remolques, de Roger Vergel, libro que le hizo pasar los últimos días de encierro; fue tal la impresión que le causó el libro, tanto como tabla de salvación como de posibles paralelismos entre su experiencia y entre el protagonista del libro nombrado, al que en La búsqueda de raíces, antología de autores que más le influyeron, dedicó una entrada, La aventura tecnológica, al nombrado escritor (El Aleph, 2004; pp. 179-180). [Con el fin de no recarga e interrumpir lo que digo, copio abajo las........
