Esclavitud: pasado y presente
Cuando se habla de esclavos habitualmente se piensa en el pasado: así el estatus que el derecho de los romanos les reservaba, o a lo más se recuerdan los casos de los USA, hasta el decreto legal que supuestamente ponía fin a la esclavitud allá por 1835, o un año antes la abolición de la servidumbre en la Rusia zarista, lo que, no obstante, no quita para que se posean informaciones que dan cuenta de trabajo esclavo (no es un eufemismo) en diferentes lugares del globo en especial en minas africanas o en empresas multinacionales que producen sus artículos en países asiáticos, empleando a menores a cambio de una escasa ración de alimento…sin obviar, ahora que las aguas andan revueltas en el mundo de la IA, a los trabajadores del sur global que son encargados del aprendizaje de los lenguajes de las máquinas, debiendo soportar escenas y discursos ultraviolentos, para nutrir a los ingenios, lo que supone grandes desajustes mentales de los empleados, quienes, por otra parte, reciben salarios irrisorios por unos horarios enormes. No sigo.
Leo un par de obras, de distinto enfoque, que tienen como centro de interés el tema del que hablo; empiezo por «Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945)» de Michael Seidman, editado por Espasa. Diré de entrada para mostrar lo documentado de la obra, que de sus setecientas cincuenta páginas, las notas, la bibliografía y el índice onomástico ocupan nada menos que doscientas páginas pasadas. El profesor de Historia de la Universidad de Carolina del Norte en Wilmington, y autor de varios libros sobre la contienda civil hispana y sobre el fascismo arroja una amplia mirada con verdadero ojo de águila al modo en que las grandes potencias europeas volvieron a poner en funcionamiento la esclavitud en pleno siglo XX, conllevando un retroceso con respecto a su pretendida abolición legal en aquellos momentos violentos de las dos guerras mundiales, que supusieron cerca de sesenta millones de personas muertas; como digo, el autor más allá de la mirada general que suele tener como centro de interés único los desastres de la guerra, pone el acento en un daño colateral (?) generalmente ignorado. La mirada se dirige e distintas áreas, abarcando desde el imperio otomano a los fascismos germano e italiano, sin obviar el trabajo del gulag soviético, deteniéndose igualmente en la Francia de Vichy y la España de la guerra civil y sus años posteriores, en unos tiempos en que el militarismo, el nacionalismo justificaban la tortura y el asesinato en masa, que habían funcionado con anterioridad en las sociedades esclavistas africanas, del mundo islámico y en tierras americanas.
En diez capítulos se exponen las tropelías que se cometieron y los procesos de animalización, con supuestas constataciones biológicas deudoras del más abominable racismo, que suponían la deshumanización de algunos seres humanos y de manera muy especial de las mujeres, con el recurso a mutilaciones y a macabras experimentaciones sobre mujeres y hombres, ancianos y niños; limitando la movilidad personal, los derechos de propiedad y otros, la libertad sexual marcada por limitaciones raciales, y muchas maldades más. Políticas que son presentadas en las páginas de este libro que saca a la palestra un aspecto habitualmente no tratado en la historiografía occidental, ni al Este ni al Oeste, en el primer caso en pretendida defensa de los trabajadores (clasicidio) y el el otro por la limpieza de la raza, de las razas podríamos decir (genocidio). En la guerra como en la guerra, como excusa para poner en marcha políticas de exterminio de sectores de la población, que siendo detenidos, y en muchos casos deportados, fueron utilizados como mano de obra gratis, además de como sistema de domesticación, hasta el punto del siniestro cinismo del Trabajo os hará libres (Arbeit macht frei) que constaba en las entradas de los campos de Auschwitz y Dachau. En eso, a pesar de los enfrentamientos bélicos e ideológicos se creó una unidad en la política del trabajo forzado y esclavo.
El repaso se abre con los precedentes islámicos y africanos, agrupados en el Imperio otomano, con especial atención al genocidio de los armenios y algunas minorías cristianas que servían durante la primera guerra mundial, y en los años inmediatamente posteriores hasta la caída imperial, para formar batallones de trabajadores forzados. La pretendida lucha contra los parásitos, ya sea por pertenencia a una etnia o a una clase, exigía poner en marcha la terapia laboral: política que unía las armas con las herramientas, en unas políticas de absoluta reificación (en los lager, se hablaba de las personas detenidas como piezas). Generalmente los historiadores, y........
