Stalingrado y la batalla del estrecho de Ormuz: dos puntos de inflexión en la historia moderna
A lo largo de la historia de la humanidad, existen momentos que, por su naturaleza y consecuencias, se convierten en auténticos puntos de inflexión. Estos episodios no solo marcan el fin de una era, sino que definen el rumbo político, económico y social del futuro próximo. Si analizamos las confrontaciones militares como elementos definitorios del devenir histórico, encontramos un ejemplo paradigmático en la Segunda Guerra Mundial: la batalla de Stalingrado. Hoy, en un contexto geopolítico completamente diferente, el conflicto con Irán se presenta como un nuevo parteaguas, esta vez para el mundo moldeado bajo la hegemonía del imperio norteamericano en el siglo XXI.
Stalingrado: El quiebre de la invencibilidad nazi
Acudo nuevamente a la memoria histórica como una herramienta insustituible para el análisis de los fenómenos sociales. Iniciaremos estas líneas haciendo un esfuerzo por comprender la magnitud de Stalingrado, situándonos en el contexto de la “Operación Barbarroja”, la invasión alemana a la Unión Soviética. La máquina de guerra nazi, basada en la doctrina de la guerra relámpago o Blitzkrieg, había demostrado en su momento una capacidad arrolladora para conquistar enormes extensiones de territorio en cuestión de días. En este contexto, la ciudad de Stalingrado representaba un objetivo estratégico y simbólico de primer orden para Hitler. Por un lado, llevaba el nombre de su máximo enemigo, el líder soviético Stalin, por lo que su conquista suponía un golpe propagandístico inigualable. Por otro, desde esa posición se podía flanquear y proteger el avance alemán hacia las vitales fuentes petrolíferas del Cáucaso, un recurso desesperadamente necesario para alimentar la maquinaria de guerra del Reich.
Fue precisamente en el desarrollo de la batalla de Stalingrado donde la lógica de la guerra relámpago se empantanó y terminó por revertirse. La toma de la ciudad se convirtió en una pesadilla casa por casa, almacén por almacén, estación por estación. Lo que la Blitzkrieg había resuelto en kilómetros por día, ahora requería días, a veces semanas, para conquistar una sola cuadra. En las ruinas de Stalingrado, el ejército alemán no solo perdió su impulso inicial, sino que quebró su propio velo de invencibilidad. La estrategia soviética, vista por muchos historiadores como una trampa retardatriz, logró atraer al VI Ejército alemán hacia un escenario de desgaste masivo donde su superioridad táctica y tecnológica se diluía.
La derrota en Stalingrado marcó un antes y un después. La respuesta alemana en el frente oriental nunca volvió a ser la misma, y su capacidad ofensiva quedó mortalmente herida. Pero la importancia de esta batalla trasciende el ámbito militar. La victoria soviética fortaleció a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas como potencia emergente y, paradójicamente, sentó las bases para el surgimiento de lo que conocemos hoy como el «Imperio norteamericano». La derrota de la Alemania nazi, cuyo punto de inflexión indiscutible fue Stalingrado, determinó quiénes serían los dos grandes contendientes que protagonizarían la Guerra Fría, redefiniendo el orden global durante la segunda mitad del siglo XX.
La estrategia norteamericana: un imperio en repliegue
Para comprender por qué el conflicto con Irán adquiere esta dimensión de posible punto de inflexión, considero necesario examinar con cada vez mayor exactitud la situación estructural en la que se encuentra la economía estadounidense. No se trata de especulaciones, sino de datos verificables que dibujan el panorama de una superpotencia en su etapa senil, donde sus profundas vulnerabilidades se hacen cada día más evidentes.
En la actualidad, la deuda pública del gobierno de los Estados Unidos ya ha alcanzado los 39 billones de dólares, marcando un aumento de 1 billón en aproximadamente cinco meses desde finales de octubre de 2025 (1). Se trata de un país con un producto interno bruto de 31,44 billones de dólares al cierre de 2025 (2). Del gasto total en consumo personal, que ronda los 16,67 billones de dólares anuales (3), es posible desglosar que aproximadamente 11,2 billones corresponden al consumo de servicios (educativos, salud, seguros, vivienda), manteniendo la tendencia de que los servicios representan cerca de dos tercios del consumo estadounidense. El resto, aproximadamente 5,47 billones de dólares, se compone de bienes tangibles como alimentos y productos manufacturados. La nación norteamericana mantiene un déficit comercial persistente en este sector, importando mensualmente cerca de 100 mil millones de dólares más de lo que exporta en bienes, según las cifras más conservadoras (4).
Si comparamos las cifras generadas por la producción industrial con el enorme volumen de dinero que se mueve a partir de los servicios, observamos una distorsión profunda en la lógica clásica del capitalismo. Tradicionalmente, existía una relación más o menos equilibrada entre los bienes materiales útiles para la satisfacción de las necesidades y la circulación de los medios de intercambio —el dinero—.
En la economía capitalista clásica, vista desde su ciclo del capital —dinero-mercancía-dinero—, donde el fin último es la acumulación, los servicios cumplían una función necesaria y pragmática: facilitar que los trabajadores siguieran produciendo. La educación para formar, la salud para mantener la fuerza laboral, entre otros, respondían a esta lógica reproductiva. Sin embargo, en Estados Unidos, aquel modelo productivo —altamente explotador— que Adam Smith imaginó y que Marx estudió como tendencia dominante en el siglo XIX fue quedando atrás. Los llamados servicios productivos tangibles fueron desplazados por una preponderancia de servicios improductivos. A partir de las cifras publicadas por la Oficina de Análisis Económico (BEA) (5) sobre la clasificación por sectores económicos y el comportamiento de la economía norteamericana durante 2025, es posible deducir que aproximadamente el 88 % del mercado de servicios en Estados Unidos corresponde al rubro de servicios no productivos, tales como finanzas, seguros, alquiler de inmuebles, salud, gobierno, ocio, entre otros.
Para comprender con mayor exactitud lo planteado, recurriré al ejemplo de los servicios de seguros, los cuales se contratan sin que, muy probablemente, lleguen a utilizarse jamás. El dinero que allí se emplea no termina generando un trabajo que pueda agregar valor a un producto tangible para su intercambio en equivalente, sino que adquiere una función distinta, alejada del propósito para el que originalmente fue concebido.
En este contexto, el dinero que ingresa en la aseguradora termina convirtiéndose en capital al ser utilizado para comprar bonos, adquirir acciones o prestarlo a otros bancos. Se trata de un tipo de capital que, visto globalmente, se reproduce separándose cada vez más del trabajo cristalizado en las mercancías o en los servicios productivos. En este momento, el dinero —que normalmente se transforma socialmente en un medio para adquirir mercancías o servicios— puede experimentar una “metamorfosis” mediante un proceso que se inicia con su puesta a disposición para que otros actores con carencia de capital puedan adquirir bienes materiales, ya sean mercancías o medios de producción. A través de esta suerte de préstamo, se obtiene una renta que resulta clave para la acumulación a partir del uso del dinero. Esto constituye la base del capitalismo financiero.
Llegado este punto, es necesario resaltar que el valor del dinero, en algún momento del........
