Una: bajo la ley del barro
La estación seca había sido más dura de lo normal. Tras varias semanas sobreviviendo a base de raíces, la expedición al valle era necesaria, y no había ido mal: dos buenas piezas lo atestiguaban. Sin embargo, habían pagado un alto precio: uno de los más jóvenes había recibido la coz de un antílope y agonizaba en el suelo.
De forma imprudente, el muchacho se había acercado demasiado al animal mientras maniobraban para rodearlo. Intentaba golpear al antílope con su lanza, pero este se giró hábil y propinó un golpe directo y seco en el pecho del joven – El sonido del hueso quebrándose bajo el sol –. Cayó fulminado y una lluvia de piedras abatió al rumiante en respuesta.
Uno, temeroso, se acercó al cuerpo del chico, le cerró los ojos y emitió un gruñido lastimero. Todos empezaron a gruñir como en una letanía hasta que Una, la más anciana del grupo de cazadores, los hizo callar aporreando el suelo con su lanza. Silencio. Quizás el chico aún vivía, ¿pero podían ellos plantearse la cuestión en esos términos? Dos se acercaron y tomaron........
