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Carmen y su viejo sillón

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23.08.2026

A Carmen no hay quien le quite su sillón. Es su trono en la vivienda espirituana de techo de madera. En cada balanceo, empujado por las puntas de sus pies casi sin tocar el piso, mira a la vida. Con 94 años, se dice, no hay mucho más que hacer. La huella de la cadera remendada y la nata blanca sobre su ojo izquierdo la sentaron a fuerza de familia, más que por la suya propia. Todavía, asegura, siente los bríos para tirar la casa por la ventana. 

Por eso, tantas veces refunfuñó al escuchar a la nieta quejarse por limpiar. Carmen, con solo 12 años, junto a su madre lavaba y planchaba por quilos. Poco tiempo le duró el placer de  sentarse a la luz del quinqué para poner trazos en la libreta. Se lo contó más de una vez a la joven de pelo crespo y sonrisa estridente. Pero, hoy hace silencio.

Lídice abrió sus alas en 2024. Voló tan lejos que atravesó medio continente hasta que, después de mucho andar, plantó bandera en los Estados Unidos. Desde entonces, no se ven. Carmen no entiende que es un formulario I-220A. Solo sabe que, tanto a ella como a su hija Magaly y bisnieta Rocío, le hacen falta sus abrazos.

Y en esa ausencia, aprovecha para apretar con las fuerzas a la pequeña de cinco años. Le habla del palmar que rodeaba........

© Juventud Rebelde