menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Raúl Sendic: el hombre, el símbolo, la leyenda

15 0
31.03.2025

Un 16 de marzo, hace 100 años, en Chamangá −una de las zonas ganaderas más aisladas de la Villa de la Santísima Trinidad de los Porongos (actual ciudad de Trinidad), al suroeste del Departamento de Flores, en el centro del Uruguay−, nacía Raúl Sendic Antonaccio, quien tuvo una vida repleta de hechos y despertó pasiones en el paisito en la segunda mitad del siglo XX, llegando a ser para algunos un mito y leyenda revolucionaria, y para otros, matrero, sedicioso, terrorista, enemigo de la democracia, pero que, como todo ser humano, fue también complejo y contradictorio, aunque sin cargos de conciencia.

Reacio a las maratónicas discusiones ideológicas de la izquierda, y no porque despreciara la teoría, Raúl Sendic fue un agitador, un luchador social, un político; un dirigente partidario y un organizador sindical; un visionario y un conductor. Para ciertas cosas, en aquel Uruguay que tenía una cara y una careta, no discutía: hacía. Por eso, ante todo, fue conocido como un hombre de acción: un combatiente y jefe guerrillero del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. También fue uno de los nueve rehenes de la dictadura cívico-militar uruguaya. Fue todo eso, y la suma de sus facetas lo convierten en una personalidad excepcional. Hubo muchos Bebe y muchos Rufo inmersos en una práctica intensa, agitada, vertiginosa.

Henry Engler, dirigente tupamaro y uno de sus compañeros rehenes en los cuarteles de la dictadura, ha dicho que una de las razones de la influencia de Sendic entre los integrantes del MLN, se estableció a partir de su análisis de la realidad y sus propuestas prácticas y originales. Muchos de sus camaradas de armas lo han definido como un hombre sencillo, afectuoso, cordial y cabizbajo, porfiado, algo tosco y de poco hablar. “De mirada clara y profunda, de ojos que han visto la muerte y la miseria”, lo recordó a su vez Carla Larrobla a los 30 años de la muerte de Sendic, en París, en 1989. También fue un hombre humilde, lo que implica primero modestia, es decir, aprender a valorar a los demás como a uno mismo.

El Bebe Sendic, como se le conoció cuando ingresó a la clandestinidad, tenía un vicio: olfatear lejos. Le gustaba definir la esencia de los fenómenos y sus causas determinantes; “descubrir las cosas detrás de las cosas”. Su concepto de que “los hechos nos unen y las palabras nos separan”, junto a su negativa de esquematizarse en dogmas filosóficos en tiempos en que el mito del “socialismo científico” era una vaca sagrada, le otorgó una gran flexibilidad político-social, generando una confianza enorme en miles de jóvenes militantes.

A mediados de los años cincuenta, consecuente con la idea de cambiar al “hay” por el “tenemos que hacer”, se marchó al norte del país a organizar sindicatos rurales. En los sesenta estimuló la rebelión y la lucha armada. Y en otra coyuntura, al final de la dictadura y a la salida de los presos del Penal de Libertad (1985), propuso −y se impondría en el seno de la organización, “no sin contratiempos”, según dijo José el Pepe Mujica−, la idea básica de militar en la legalidad (en el cascarón de la democracia tutelada que emergía tras 13 años de terrorismo de Estado) sin cartas en la manga, pues el pueblo, cuya solidaridad los había arrancado de las prisiones del régimen, no entendería otra cosa.

Observador irreverente, pero con una mente abierta y una brillante intuición, ávido lector de Marx, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, a mediados de los años cincuenta, por su postura crítica frente al leninismo −según el testimonio de José Díaz, entonces compañero de Sendic en el Partido Socialista−, parecía defender “un socialismo revolucionario de estirpe libertaria”, compartiendo el criterio de la teórica marxista polaca-alemana, acerca de que “el ultracentralismo implica el surgimiento del oportunismo” y que “la subordinación ciega, absoluta, del individuo orgánico a la autoridad central, perjudica la conciencia y la educación política de la clase obrera en el curso de la lucha, con la acción directa y autónoma de las masas”. Según otro de sus compañeros tupamaros, también rehén, Jorge Zabalza, Sendic tenía “una clara visión libertaria de la autogestión, que le debía a su cercanía a Proudhon”.

Por otra parte, en los ensayos del político y periodista peruano José Carlos Mariátegui, Sendic descubriría los rudimentos de un “marxismo latinoamericano”, que, más que en Bolívar, lo llevaría hasta las fuentes artiguistas de una unidad continental por la suma de ligas federales. Luxemburgo, Mariátegui, Artigas, un colage para nada disparatado que permitía una síntesis, adecuada a las condiciones concretas, de los escenarios posibles y necesarios de una revolución y de los papeles protagónicos que deberían asumir, al decir de Artigas, los “pueblos soberanos”, “reunidos y armados”, en cabildos, fuentes de donde debían emanar las autoridades delegadas.

En una época como la actual, signada por el individualismo y la corrupción, el oportunismo y los dobleces, el posibilismo y la tibieza progresista, es necesario subrayar que el Bebe, Rufo o el canario Sendic, como se le conoció a lo largo de su militancia, tuvo un modo de vida consecuente con su entrega a la causa de los más explotados del Uruguay y una audacia −personal y política− que fue impulso de su acción.

Los ejes de la pobreza y la tierra −ligados al acompañamiento de la lucha de los asalariados del campo: los peones y jornaleros zafrales arroceros, remolacheros, cañeros, tamberos, esquiladores− fueron su norte como luchador social sin poses ni ataduras, en momentos en que el sistema de dominación capitalista, en su fase superior, el imperialismo, imponía (como en el presente), la sumisión a las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Y cuando en el marco de una profunda crisis estructural, una minoría apátrida y parasitaria (igual que ahora), protagonizaba una criminal evasión de divisas en “el país de la cola de paja” (Mario Benedetti dixit), y grupos fascistas atentaban contra las sedes de los partidos Socialista y Comunista, el diario El Popular y la librería EPU y la joven paraguaya exiliada en Montevideo, Soledad Barret, era secuestrada y marcada, con hojas de afeitar, unas profundas svásticas en ambos muslos…

LA REBELIÓN DE LOS CAÑEROS

A comienzos de los años sesenta, un joven estudiante de abogacía, Raúl Sendic, se había puesto al frente de un pelotón de los asalariados más postergados y explotados del país, los peludos, sinónimo coloquial de los cortadores de........

© Insurgente