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La mujer que cantaba la vida (y el olvido)

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07.03.2026

La mujer que cantaba la vida (y el olvido)

La memoria no se pierde de golpe. Se retira. Como una luz antigua que no se apaga de pronto, sino que vacila antes de desaparecer. Primero apenas se nota. Luego falta un gesto, una palabra, una mirada. Y un día uno comprende que lo que se ha ido no es un recuerdo, sino una persona.

En una familia poco convencional, lo verdaderamente extraordinario era mi madre.

No hablaba: cantaba. Cantaba cuando estaba contenta, cuando se enfadaba, cuando pedía algo, cuando protestaba, cuando quería hacerse oír. Su voz no era un adorno: era su forma de estar en el mundo. Pensaba tan deprisa que las palabras parecían llegar tarde, pero siempre envueltas en ritmo, como si así la vida pesara menos.

También cantaba cuando discutía. Con mi padre, con las vecinas, con quien hiciera falta. La tensión subía, las voces se endurecían y, de pronto, ella rompía el hilo cantando. Aquello no calmaba: desarmaba. Nadie sabe cómo enfrentarse a quien convierte el enfado en música. Era su manera de resistir, de no quebrarse, de seguir siendo ella.

Con esa música sostuvo la vida. Los lunes, el mercado de Carrús; los miércoles, Guardamar; los sábados, la plaza de Barcelona. Su puesto no era solo un trabajo: era un pequeño mundo. Picardía, memoria, ingenio.

Yo sé bien lo que era pasar frío en verano, montando el puesto antes de amanecer, con el aire húmedo colándose por todas partes y el sueño aún agarrado a los ojos como si también tuviera derecho a quedarse. Y entonces ella empezaba a cantar. No recuerdo las palabras —probablemente tampoco eran siempre las mismas—, pero sí la escena. Mientras cantaba, el frío parecía pensárselo dos veces y el mundo, con cierta pereza, volvía a colocarse en su sitio. Yo, que entonces solo quería volver a la cama, acabé entendiendo que aquella era nuestra manera de vivir.

En aquel mercado recordaba caras, inventaba motes, hacía reír, vendía. La memoria era su herramienta, su música, su identidad.

Hasta que empezó a perderla.

El alzhéimer no llega con estruendo. Llega como niebla. Primero pequeños olvidos, gestos desplazados, una comida que ya no sabe igual. Luego un murmullo, como si hablara con alguien ausente. Después el silencio. Un silencio extraño, roto por palabras sin rumbo, como si el lenguaje hubiera soltado el hilo que lo guiaba.

Porque lo que antes había sido un don —su manera de nombrar el mundo— se convertía en algo sin orden, sin intención. No era ella, pero era lo único que quedaba de ella en ese instante.

Mi madre se fue apagando en pocos meses. El alzhéimer no destruye: borra. Primero los gestos, luego las palabras, después los recuerdos. Y llega un momento en que uno comprende que la persona sigue ahí… pero ya no está.

Sin embargo, había algo que aún le alcanzaba: la música.

Cuando sonaban canciones de su tiempo, algo vibraba en su mirada. A veces parecía reconocer. A veces sonreía. En ocasiones —muy pocas— parecía regresar durante un instante, como si el hilo invisible de su vida aún no se hubiera roto del todo.

Y al final, cuando estaba en su lecho, pensé —sin saber muy bien por qué— que lo único que podía darle paz era eso: música. No tenía radio, pero sí un teléfono donde podía buscar canciones de su tiempo. Quizá no supe qué decirle. O quizá sí. Porque ella siempre expresó el cariño de ese modo. Sin discursos. Sin solemnidad. Solo con música.

Puse una canción. Luego otra. No recuerdo cuáles. Tal vez eso tampoco importa. Porque comprendí que no le hablaba con palabras, sino con aquello que siempre había sido su lenguaje.

Y durante un instante —apenas un gesto, apenas un temblor— su mano, que llevaba días quieta, se movió muy levemente.

No sé si volvió. No sé si supo que estaba allí.

Pero desde entonces, cada vez que escucho una canción de su tiempo, no oigo música.

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