No vamos a una gran guerra global
Fuerzas de la Guardia Revolucionaria de Irán, en unas maniobras en la costa del Estrecho de Ormuz en 2022 / Iranian Army Office/ZUMA Press W
Por primera vez en décadas, la estabilidad global no depende de evitar una gran guerra, sino de gestionar varias crisis a la vez.
Durante años, el estrecho de Taiwán se ha analizado como un tablero aislado, una pieza más -aunque decisiva- en la rivalidad entre China y Estados Unidos. Pero el mundo que emerge en 2026 obliga a abandonar ese marco. Lo que está en juego ya no es un conflicto regional, sino la interacción de múltiples focos de tensión que empiezan a reforzarse entre sí. Taiwán no es solo un problema asiático: es el punto donde se cruzan las líneas de fractura del nuevo orden global.
La reciente escalada en torno a Irán lo ha puesto de manifiesto con una claridad incómoda. El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de un 20 % del petróleo mundial, ha demostrado hasta qué punto la economía global depende de unos pocos corredores estratégicos. Bastaron semanas de tensión para disparar los precios energéticos, alterar rutas comerciales y recordar que la interdependencia es, también, una vulnerabilidad.
La lección es inmediata: en el siglo XXI, el control de un «cuello de botella» vale más que la ocupación de territorio.
Y ahí es donde Taiwán adquiere una dimensión distinta. Si Ormuz es el chokepoint de la energía, el estrecho de Taiwán lo es de la tecnología. La isla produce más del 60........
