Civilización y barbarie: algunas reflexiones sobre el reconocimiento de los inmigrantes
La regularización masiva de inmigrantes, un recurso poco utilizado en los principales países de Europa
La saturación de noticias respecto a los conflictos bélicos en los que se encuentra envuelto nuestro mundo nos lleva a relegar algunos temas cuyo tratamiento nos ayudaría a profundizar en el tema de la paz y entre ellos destaca la decisión del Gobierno de regular por medio de un Real Decreto a un número de personas inmigrantes que viven en España, cuyo número se calcula al menos en 500.000 y que está siendo aprovechada por los grupos de extrema derecha y la derecha no tan extrema para descalificar, si no demonizar, al Gobierno, presentando tal actuación como una amenaza a la identidad del país y entre las razones que se esgrimen es que esta medida produce un efecto de llamada, lo cual en el lenguaje que algunos emplean es una invitación a invadir el país.
Frente a esto hay que precisar que las personas que pueden regularizarse ya viven en España, muchos de los cuales ya están trabajando, pero precisamente por su invisibilidad no pueden contribuir debidamente al desarrollo de la nación y no está de más recordar que los gobiernos de diverso signo político han adoptado esta medida.
Tampoco podemos olvidar que esta regulación parte de una Iniciativa Legislativa Popular apoyada por una serie de instituciones tanto de la Iglesia como de la sociedad civil. El papel de Cáritas ha sido decisivo y el número de firmas presentadas en el Congreso es de 700.000. La oposición a esta medida aunque se quiere revestir de una actitud patriótica, es justamente todo lo contrario. ¿Cómo puede desarrollarse nuestro país sin contar con una población que está desempeñando tantos puestos de trabajo?
Con mucha frecuencia la precaución se tiene respecto a los inmigrantes pobres, pues cuando se trata de quienes poseen grandes fortunas no se tienen tales cautelas, aunque a veces ciertas grandes fortunas, como los llamados fondos buitres, invirtiendo en viviendas empobrecen a muchos de nuestros conciudadanos. Se habla de la pérdida de identidad de un país, como si acaso la identidad fuera algo que se posee de una vez por todas.
En el nombre de nuestra ciudad, se encierra la historia de muchos pueblos que también la consideraron suya, en el poso que todos ellos dejaron se fundamenta nuestra identidad. La palabra identidad se suele, con frecuencia, utilizar como búsqueda de las diferencias con los otros, cuando precisamente la palabra identidad hace referencia a la semejanza.
Al hablar de la identidad nacional parece que se quiere plantear vivir en un lugar blindado frente a los otros: "Mi casa es mi castillo"; con ello proyectamos vivir en una fortaleza y, claro está, si vivimos en una fortaleza pensamos que quienes viven fuera de ella son los enemigos que nos asedian y para ello creamos unos fosos como este cementerio marino del Mediterráneo, cuando las rutas marítimas han sido manifestación del comercio, del intercambio de civilización. Para justificar esta cerrazón ante los otros se habla de la defensa de nuestra civilización, cuando precisamente el principio de la civilización es el reconocimiento del otro.
Colas de inmigrantes sin papeles en el consulado de Argelia en Alicante / Pilar Cortés
El vivir encerrado en la cueva nos lleva a una humanidad en la que en vez de evolucionar se involuciona de la civilización a la barbarie. El miedo que se tiene ante los cambios que se producen hace surgir el culto a una personalidad fuerte, que venga alguien que piense por nosotros y que nos salve, y surgen los mitos del pasado como los judíos que en el éxodo, ante las dificultades del camino, se acordaban de las ollas de cebolla del Faraón ante el miedo a la libertad.
Ese concebir la nación como el lugar de refugio ante los otros nos conduce a los nacionalismos exacerbados, la patria lejos de ser un lugar de convivencia con los otros se convierte en un baluarte en el que defenderse. Las fronteras que se levantan en tantos países europeos frente a los emigrantes lejos de consolidar el proyecto europeo, reproducen esas fronteras entre nosotros. Estos sentimientos no aparecen ahora como una realidad novedosa, se han dado a lo largo de la historia, aunque es verdad que ciertas manifestaciones han ido cambiando en según qué épocas; en otros tiempos el grito que les caracterizaba a estos movimientos era el de exaltación del poder opresor, en estos tiempos se manifiestan diciendo que quieren libertad estando en contra de todo sistema democrático.
Este ver al inmigrante como el enemigo se extiende por no pocos países y es otra de las facetas que nos muestran estos movimientos totalitarios que cualquiera sea la denominación que les demos ya sabemos las consecuencias que a lo largo del tiempo han tenido para nuestros pueblos y que se están implantando en no pocos países. Descalificar y deshumanizar al otro alienta los enfrentamientos bélicos. Los ejemplos en nuestros tiempos son bien evidentes.
Quienes se consideran paladines de la cultura occidental, y tienen como emblema el cerrar las puertas a los emigrantes, deben tener presente que los grandes pilares de nuestra civilización, cuando se habla de la defensa de la tradición cultural de nuestro mundo occidental, se fundamentan en el mundo griego, el mundo romano y la tradición judeocristiana, y en todas ellas el reconocimiento del emigrante está en el corazón de estas tradiciones, sobre todo si quien pide asilo es pobre.
La acogida, el reconocimiento del otro es el principio de la civilización, la cerrazón, la exclusión, conduce a la barbarie. Por todo ello, debemos huir de los discursos demagógicos y profundizar en las tradiciones para afrontar los retos del presente.
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