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Sobre la crisis democrática y el poder judicial

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27.06.2026

Sobre la crisis democrática y el poder judicial

Las sociedades democráticas complejas se distinguen, en su crisis, por tres rasgos comunes. Los dos primeros se han configurado por cambios económicos, tecnológicos y culturales. Son la densidad y la incertidumbre. Nuestras sociedades, por así decir, se han “apretado”: hay una proximidad globalizadora que se comunica permanentemente en las redes y que presiona para una cierta homogeneidad. A la vez, las sociedades padecen permanentes síndromes de temor, de incerteza: sociedades líquidas y del riesgo. Sabemos que tenemos que reaccionar ante las posibles pandemias, la IA acelerada, el cambio climático o la militarización del mundo. Pero no sabemos cómo. Aparece el tercer rasgo: la creciente ilegibilidad de las instituciones. Si antes fueron refugios seguros frente a las crisis, ahora se convierten, aparentemente, en fuentes mismas del miedo y el desorden. Si actualmente debería ser el gran momento de la política, dirigiendo la pluralidad hacia objetivos compartidos, la densidad de las redes y la incertidumbre omnipresente, construyen una “antipolítica” de furia, rabia y nostalgia de realidades que nunca existieron. Eso afecta a todos, pero especialmente beneficia a la ultraderecha, precisamente a quien frivoliza con la enfermedad, quien defiende a Trump o niega el cambio climático.

Aquí y allá surgen intentos por volver a escribir con términos comprensibles lo que nos ocurre y definir un horizonte probable y mejor. Hasta las denigradas instituciones políticas -menos las gobernadas por populismos de derechas, beneficiarios del caos-, se esfuerzan por aportar algo, una reflexión, una idea, a este diálogo global. Todos saben que si hay que subsistir deberán cambiar. ¿Todos? No. No hay voces caracterizadas en el Poder Judicial que se pronuncien por cambios en este sentido. A veces vienen ideas de reforma técnica, a veces relevantes, pero casi nunca del propio Poder, que tiende a rechazar la novedad, considerada casi siempre como ataque a su esencia. No hay, en fin, propuestas públicas que se enfrenten a la ilegibilidad especial del Poder Judicial, el poder más incomprensible de todos. E incomprensible no por necesidad, sino porque, aunque sus defensores no lo crean, también se contamina por este mundo segmentado, atemorizado, nostálgico. ¿Irá alguien a buscar ayuda global de los jueces? No. A los jueces se les teme. ¡Qué vamos a hacer! ¿Y cómo no, en esta cultura actual, tan abierta, si se empeñan en conservar sus sotanas, puntillas y un lenguaje tendente a lo incomprensible, aunque no sea preciso? El........

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