El libro y el dragón
De todas las tradiciones inventadas en las últimas décadas, la del Sant Jordi que regala libros y rosas es la más simpática. En Barcelona se hacía, que recuerdo habérselo oído a un mayor en mi infancia o adolescencia. Pero en otros lugares hubo que esperar décadas para tener esa formidable animación a la lectura y a la floricultura. Tan grande ha sido el empeño que, diríase, sólo se compran libros ese día y que, sin él, vacuo sería todo intento de perseverar en la perfumada costumbre de la lectura. Tanto es así que he padecido tal saturación de noticias en radios y redes que a punto he estado de retirarme del nefando vicio de las palabras impresas -lejos de mí esa ordinariez del libro electrónico-. Al final, tanto amor me parecía maniobra de marketing o de desocupados, incapaces de distraer sus ocios con las buenas letras. Parece que lo he superado. Con la ayuda de un libro, por supuesto, que las rosas no sirven especialmente para esto. De hecho, escribo este artículo en la tarde de Sant Jordi.
Así que, puestos en la tesitura de recomendar un libro, ninguno mejor que el que ahora leo y estoy a punto de concluir. A saber: «Koljós», de Emmanuel Carrère, editado por Anagrama. El título es confuso y, en realidad, lo es porque el autor desea esa confusión. No revelaré, pues, su significado. De Emmanuel Carrère poco diré: tiene una enfermedad mental. Pero esto no es denigratorio: él mismo lo cuenta. Y tampoco parece que le afecte mucho, como no sea para aportarle una locuaz lucidez. Sobre el género es difícil dar una definición fundada. Puede que sean unas memorias parciales, la biografía de su madre, un poco la de su padre, un friso de zaristas exiliados, un alegato contra Putin. Y varias cosas más. Y todo bien agitado y mezclado con mucho hielo, algo de fuego y unas gotas de perversa simpatía y de ingenua perversidad. Se lee como una novela, a veces intimista, a veces de aventuras. El producto es largo (437 páginas) pero no es ello excusa para el desánimo. Ni en una línea acecha el........
