Chapí
Ruperto Chapí y cartel de su obra más famosa, "La Revoltosa" / SGAE
El 27 de marzo de 1851, en la localidad alicantina de Villena, nació Ruperto Chapí Lorente, que era el quinto hijo de un modesto barbero, cuya afición a la música ya venía de generaciones anteriores. Siguiendo la tradición familiar, desde muy pequeño comenzó a estudiar solfeo, al igual que todos sus hermanos. Ruperto aprendió a tocar el flautín y el cornetín, ingresando a los nueve años en la banda Música Nueva, de su localidad natal. Y cuando recorría los pueblos de habla valenciana cercanos al suyo, de habla castellana, tocando en la banda de música, se le conocía popularmente como el "xiquet de Villena". Para esta agrupación compuso sus primeras obras y en 1866 su primera zarzuela. En 1867, sus padres, conscientes de sus grandes aptitudes musicales, envían a Chapí con dieciséis años a Madrid para que amplíe sus horizontes y complete su formación. Allí ingresó en el Conservatorio y tuvo a Emilio Arrieta como profesor de composición y a Tomás Bretón entre sus compañeros de estudios. En 1872 era director de una banda militar y compuso Fantasía morisca, obra que se hizo famosa. En 1873, con su primera ópera, Las naves de Cortés, gana el primer concurso promovido por la sección de música de la Academia de Bellas Artes para ser pensionado en Roma. Pasó cuatro años entre Roma, Milán y París, para ampliar sus conocimientos de la música de la época, y compuso motetes, poemas sinfónicos, así como varias óperas. De regreso en la capital de España, en 1878, Chapí se dedicó a producir obras para la escena, sobre todo zarzuelas, triunfando en 1880 con la zarzuela de género chico Música clásica, lo que le anima a probar con la zarzuela grande, y establecer relaciones fructíferas con diferentes teatros madrileños, entre los que destaca el Teatro Apolo. La popularidad de Chapí se manifiesta en las muchas zarzuelas que estrena: en 1881 siete, en 1885 cinco, en 1890 nueve, en 1896 siete, en 1898 seis, en 1900 siete, en 1902 ocho, en 1905 once, en 1906 siete, en 1907 siete, en 1908 ocho.
En 1882 se produjo en el Teatro de la Zarzuela uno de los estrenos que marcaron su carrera, La tempestad, en tres actos, en prosa y verso. En los años siguientes continúan los éxitos y en 1887 llega otra de las obras maestras del maestro Chapí, La bruja, con una partitura extensa y escasos diálogos hablados, pues su lenguaje es muy operístico. Esta producción tuvo tanto éxito, que salvó de la quiebra al empresario de la Zarzuela, pero rara vez se representa en la actualidad. Los años siguientes supusieron la consolidación de la fama de Chapí: en 1889 compuso el poema sinfónico Los gnomos de la Alhambra, que alcanzó notable popularidad, aunque su mayor éxito de ese año fue Las hijas del Zebedeo, zarzuela cómica en dos actos. De las siete zarzuelas estrenadas en 1890, la más importante de ellas fue Las doce y media y sereno, en el Teatro Apolo, obra con la que nació el fenómeno de la reventa, debido al éxito de público obtenido desde el estreno. De los estrenos de 1891 destaca El rey que rabió, zarzuela en tres actos, divididos en siete cuadros, en la cual Ruperto Chapí desplegó todos sus conocimientos, creando una música en la que combina sabiamente momentos cómicos, como momentos de gran lirismo, acercándose así al modelo de la opereta, al estilo de Offenbach. El éxito de Chapí iba en aumento año tras año; cada obra suya conquistaba al público, contando con libretistas tan famosos como Ramos Carrión, Vital Aza, Monasterio, Arniches, Estremera y Fernández-Shaw, por nombrar sólo a los principales. En 1894 vuelve a ofrecer algunos de sus títulos más relevantes: El milagro de la Virgen, zarzuela en tres actos que se estrenó el 8 de octubre de 1894 en el Teatro Apolo. Y, sobre todo, El tambor de granaderos, estrenada en el teatro Eslava de Madrid el 16 de noviembre con aplausos, vítores y aclamaciones.
El 25 de noviembre de 1897, en el teatro Apolo, Chapí estrenó La Revoltosa, un sainete lírico en un acto, considerada una de las obras cumbre del género chico, en donde se aprecia la maestría de la música Ruperto Chapí, que crea una verdadera obra cautivadora desde las primeras notas de su preludio, con una partitura en la que lo culto y lo popular se dan la mano como nunca. Porque la música de Chapí nos conmueve y nos seduce. Nos atrapa y nos conduce por los recovecos más sensibles del corazón en cada una de sus composiciones. Nadie escapa al hechizo de las notas de este personaje apasionante que situó a la música española en uno de los lugares más altos del panorama internacional.
Ensayo de la gala dedicada a Ruperto Chapí / Santiago Gatto
Curro Vargas, drama lírico en tres actos compuesto en 1898, y El puñao de rosas, zarzuela de género chico compuesta en 1902, son dos ejemplos más de la gran cantidad de música escénica que Chapí creó, encontrándose entre ellas hermosas páginas de gran melodismo. En treinta años escribió más de trescientas obras, entre óperas y música instrumental, pero sobre todo de zarzuelas, algunas de las cuales aún se mantienen vivas, despiertan el interés del público, y forman parte del repertorio de las grandes orquestas. Además de muy influyente, el músico fue una figura extraordinariamente generosa con sus contemporáneos. A diferencia de lo que era habitual en el mezquino y sainetero Madrid musical que le tocó vivir y trabajar, y a tono con su condición de honorable artista seguro de sí mismo, el villenense siempre se mostró receptivo y proclive a todo lo nuevo, desempeñando un importante papel en la historia musical española. Pues se atrevió con todos los géneros y su música conectó y encandiló a sus contemporáneos, que se identificaban con la temática de sus obras, fiel reflejo de la vida misma en la España de entonces, logrando grandes éxitos que le encumbraron como el más grande compositor de su época. Un reconocimiento que se acrecentó tras la fundación, junto a otros, de la Sociedad de Autores, la actual SGAE, para proteger los derechos del autor frente a los abusos de editores y productores.
Su última ópera Margarita la tornera se estrenó en 1909, pocas semanas antes de su muerte a los 58 años, que ocurrió en su casa de Madrid el 25 de marzo de 1909, de una pulmonía, estando junto a él su esposa y varios de sus 9 hijos. Su entierro fue impresionante, fue una verdadera muestra de cariño en masa por las calles madrileñas. La prensa se volcó y cubrieron la información con grandes reportajes gráficos que reflejaban la multitud de gente que acompañaron el féretro, que fue portado por compositores y escritores, despidiendo uno de los más grandes autores de la música española contemporánea.
Sin embargo, hora es ya de que melómanos, intérpretes y programadores se abran al conjunto de la obra del compositor villenense, de esas más de trescientas partituras escritas por Chapí, muchas olvidadas, pero entre las que, seguro, alguna todavía nos emocionará.
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