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La semana de después

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07.04.2026

Procesión del Cristo de Zalamea en Elche, cuya imagen va acompañada de miles de fieles, en la noche del Jueves Santo. / Áxel Álvarez

Dicen que todo lo bueno se acaba, pero hay finales que, más que un punto y aparte, son un auténtico golpe bajo. Para los que hacemos y vivimos la Semana Santa —con mayúsculas, con devoción y, por qué no decirlo, con cierta épica doméstica—, la semana posterior, esta en la que nos encontramos, esa que llega sigilosa tras la llamada Semana Grande, no es una semana cualquiera. Es, sin rodeos, una de las peores del calendario. Un pequeño desierto emocional. Un lunes eterno. Un «¿y ahora qué?», vamos, por decirlo claro: ¡un asco de semana!

Porque sí, se acabó lo que se daba. Lo que durante meses —o todo un año— se ha preparado con mimo, paciencia y, en ocasiones, con más discusiones logísticas que una boda familiar, ha pasado sin pedir permiso, se ha diluido como un azucarillo en el café: dulce al principio, invisible al final, y lo que queda ahora son retazos, pinceladas dispersas en ese lienzo caprichoso que es la memoria.

Se fue la Semana Santa con la Resurrección, envuelta en una lluvia de aleluyas y con ellas se han llevado, así como el que no quiere la cosa, al rincón de pensar y del recuerdo: las palmas blancas; la ropa estrenada; las torrijas que justificaban cualquier exceso; el desfile interminable de procesiones que daban sentido a los días y estructura a las noches; los «no la quiero ver levantar», los repeinaos con gomina, los dolores de rodillas, las cervecitas frescas, los caramelos, los «no hay donde sentarse», las promesas, los penitentes, las «revirás», las monas de calabaza, el........

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