La semana de después
Procesión del Cristo de Zalamea en Elche, cuya imagen va acompañada de miles de fieles, en la noche del Jueves Santo. / Áxel Álvarez
Dicen que todo lo bueno se acaba, pero hay finales que, más que un punto y aparte, son un auténtico golpe bajo. Para los que hacemos y vivimos la Semana Santa —con mayúsculas, con devoción y, por qué no decirlo, con cierta épica doméstica—, la semana posterior, esta en la que nos encontramos, esa que llega sigilosa tras la llamada Semana Grande, no es una semana cualquiera. Es, sin rodeos, una de las peores del calendario. Un pequeño desierto emocional. Un lunes eterno. Un «¿y ahora qué?», vamos, por decirlo claro: ¡un asco de semana!
Porque sí, se acabó lo que se daba. Lo que durante meses —o todo un año— se ha preparado con mimo, paciencia y, en ocasiones, con más discusiones logísticas que una boda familiar, ha pasado sin pedir permiso, se ha diluido como un azucarillo en el café: dulce al principio, invisible al final, y lo que queda ahora son retazos, pinceladas dispersas en ese lienzo caprichoso que es la memoria.
Se fue la Semana Santa con la Resurrección, envuelta en una lluvia de aleluyas y con ellas se han llevado, así como el que no quiere la cosa, al rincón de pensar y del recuerdo: las palmas blancas; la ropa estrenada; las torrijas que justificaban cualquier exceso; el desfile interminable de procesiones que daban sentido a los días y estructura a las noches; los «no la quiero ver levantar», los repeinaos con gomina, los dolores de rodillas, las cervecitas frescas, los caramelos, los «no hay donde sentarse», las promesas, los penitentes, las «revirás», las monas de calabaza, el «cangrejeo», el bacalao con tomate, el que «se nos hace tarde», el «al cielo con ella», las mujeres de mantilla, el «¿te has traído el programa?», el «¿por dónde van?», el silencio, el «¡me vas a quemar con la vela!», el sonido del tambor, los «capillitas», el «¡voy un momento a ver a mi sobrina!», las conversaciones de la barra del bar, las esperas, la visita del presidente de la Generalitat, los dolores de espalda, el «¡no eches más incienso que vamos a acabar todos colocaos!», los chavales vestidos con trajes y corbatas negras, ver a Juan Eugenio que solo aparece en Semana Santa, los encuentros, los legionarios, los fotógrafos, a los municipales vestidos de gala o de maseros, al alcalde y al equipo de gobierno con chaqué, a los paracaidistas, las botellitas de agua a dos euros con treinta ¡que por nadie pase!, los abrazos, las lágrimas, el «¡no hay quien pase, está todo lleno!», los acordes de la «madrugá» o de desconsuelo, los «racheos», el sonido de las campanas, los motetes, los rezos, las cornetas y el averiguar dónde demonios se ha llevado la grúa el coche; las promesas, las comidas o cenas con los amigos de toda la vida, los recuerdos de los que ya se han ido, las nuevas amistades, el pago de cuotas o de papeletas de sitio como ahora se les llama, los polares con el escudo de las cofradías y las medallas al cuello; el «ahí queó», los sentimientos, el «no puedo con mi alma», las estampitas que reparten los cofrades, el «no hay derecho, yo he pagado mi silla y con tanta gente delante no se ve nada», los relevos, los estandartes, los que van vestidos de romanos, que son unos grandes pues ya hay que tener valor, ya, para mí son unos héroes; la rotura del Guion, que este año se ha roto solo un poquito, a duras penas un rasguño de nada, pero a la postre, romperse, romperse se ha roto. Dicen las malas lenguas que el año que viene, uno de los requisitos que la Junta Mayor va a poner a los candidatos para «trencaores» será el partir una sandía de un puñetazo, para así asegurarse, si ello es posible, que el guion se rompa a la primera, pues estamos en año electoral y hay que asegurarse que sea un buen año para la ciudad, no vayamos a jugar con la salud y por no romper un guion esto se vaya a convertir en Mordor. Todo esto se ha llevado la Semana Santa y con el revuelo de la última aleluya se ha llevado también la petición íntima de todos los años: «¡Que el Señor nos de salud para volver al año que viene!».
La "Trencà del Guió" pone el broche final al Viernes Santo en Elche. / INFORMACIÓN
Porque todo esto —absolutamente todo— se ha ido con la Semana Santa, y lo que queda es algo difícil de definir: una mezcla de vacío, nostalgia y ligera desorientación vital. Una sensación de haber vivido mucho en poco tiempo y, de repente, no saber muy bien qué hacer con tu vida…, ni con el calendario.
La Semana Santa es una manifestación de religiosidad popular que trasciende al ámbito de las cofradías y hermandades y se impregna de sabor, color y olor de pueblo, de nuestro pueblo y donde los ilicitanos e ilicitanas son los auténticos actores y partícipes de esta tradición repleta de momentos y de emociones. Por eso, cuando todo termina, el contraste es brutal. Uno se siente perdido, desubicado, como si alguien hubiera cambiado el guion sin previo aviso, y es aquí donde conviene no alarmarse: lo que usted padece tiene nombre, aunque no aparezca en los manuales médicos, es, sencillamente, síndrome post-semanasantero. Para los casos más leves, basta con paciencia, para los más agudos, se recomiendan terapias de adaptación progresiva, como por ejemplo: recrear una procesión en el pasillo de casa (con cuidado de no derribar mobiliario), levantar la mesita de noche al grito de «¡Al cielo con ella!» o ir a comprar al Dialprix vestido de romano, de mantilla o con el capuchón puesto. No cura, pero alivia.
En cualquier caso, no conviene dramatizar en exceso. Como todo en la vida, esto también pasa. La rutina vuelve, sí, pero no llega sola, asoma ya en el horizonte un nuevo carrusel festivo: la Feria de Abril, las Cruces de Mayo, San Isidro…, y lo que venga, porque si algo caracteriza a nuestra cultura es esa capacidad casi inagotable de celebrar. Yo sin más, para que no se me haga tarde, ya he guardado en el armario mi vesta y me he sacado el traje de festero, con chaquetilla y camisa de volantes. Cambio de tercio, nuevo escenario, pero la misma filosofía: vivir intensamente lo que la vida pone por delante, porque para sufrir —no se engañen— siempre hay tiempo.
Y para aquellos que como yo, esta semana están más perdidos que un pato en un garaje, recuerden aquello que dijo Séneca: «Por muy lentamente que os parezca que pasan las horas, os parecerán cortas si pensáis que nunca más han de volver a pasar».
Ahh, y no se confíen que antes de que se den cuenta, estaremos otra vez buscando sitio, preguntando «¿por dónde van?» y quejándonos —con una sonrisa— de que no hay quien pase. Feliz Pascua de Resurrección.
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