Los celos
Nos sobrecoge el anuncio reiterado de las futuras tormentas, de esos chaparrones malcarados, ceñudos, siempre maliciosamente inoportunos —un concierto al aire libre, unas fallas vistosas, un correr con la lengua fuera tras una pelota, un concurso de gachamiga en mitad de una plaza, con su correspondiente cortejo de hambrientos curiosos—, aguaceros furiosos que castigan tejados y ventanas, que aporrean claraboyas y veletas, que con su granizo mortifican el corazón de los más temerosos. Gotas frías, borrascas del más emplumado demonio. Todo este relampaguear y tremendo tronar nos encoge el alma, nos acobarda el ánimo. Ahora bien, comparada con los celos, con las fenomenales tormentas de celos, toda esta gaita diluvial de los finales de verano es, por contraste, un inocente juego de........
