La buena cara
Raro es el día en que un problemilla no se descuelga inoportunamente de la primera nube que cruza el azul primaveral. Se amanece con una sonrisa y la sonrisa se tuerce justo después de la segunda magdalena. No hay tiempo ni para acabar el café. Todo es un obstáculo, un drama, una zancadilla, se vive a trompicones, a sobresaltos. El tráfico es gloriosamente insoportable. Nos han cobrado por error dos veces la misma compra en el supermercado. Al niño se le está meneando un diente y le duele, y protesta, y da patadas en el asiento. Por mucho que des puntapiés no se te va a pasar el dolor. Más protestas, más patadas, más tragedia. Se nos derrama el vino en la silla de falso terciopelo. Buscamos en la red soluciones mágicas contra las manchas, pero no hay red, no hay internet. Póngase en contacto con su proveedor de telefonía. Comunica. Todos nuestros agentes están ocupados.
Una motita de luz, un puntito brillante, como un minúsculo rubí descollando por entre la masa, destacando hermosamente entre la multitud sudorosa y apiñada. Un individuo de rostro amable, de semblante paciente, conciliador, de mansa y efusiva sonrisa. Una persona que emana calidez, que camina empujando el reloj con calculada dulzura. Es la aguja en el pajar, la ovejita blanca balanceándose suavemente en la superficie erizada de ese océano estridente de ovejas negras. Es el individuo de la buena cara, el que combate filosóficamente el mal tiempo con su pacífica sonrisa.
Existe una poderosa corriente comercial que inunda ruidosamente el mercado, que atiborra los estantes de la tienda online de tacitas de té con frase alentadora. Camisetas, cojines, cobertores, láminas, lienzos verticales de pared, ropa interior, cirios decorativos en tanatorios, adhesivos para la moto, gorras, fundas de teléfono... El texto motivacional como dosis diaria de droga apócrifa, como supuesto antídoto contra el dolor. Son los mandamientos modernos, teñidos de ridícula sabiduría, el dogma que abraza el necio ciegamente, ansiosamente, doctrinas con luces de neón en la vertiginosa era contemporánea. Vertiginosa y vacía, completamente vacía. Pero toda esta mercadería chabacana motivacional nada puede contra el individuo de la buena cara. Llega tarde. La motita de luz en la selva grotesca, esta persona plácida que capea el temporal con su sereno aplomo, con su aire distendido, con su buen talante, se eleva sin dificultad por encima de estos torrentes de filosofía de bolsillo, hueca como figurita de cartón. Esta rara avis de la buena cara se desliza graciosamente sobre la multitud enfervorizada, ignorando su estruendo, eludiendo con magnífica habilidad, casi con cierta indiferencia, el dramático griterío, el empeño tozudo del rebaño por convertir hasta la menor dificultad en una apoteósica tragedia griega, convenientemente personal.
Ay, esa cosa de poner buena cara, ese viejo remedio, ese tomarse la vida con inteligencia. Ese respirar un poquito y sujetar con firmeza el lamento. Ese sabio recurso de mudar lágrimas de tristeza en bellísimas lágrimas de alegría.
Suscríbete para seguir leyendo
