El mundo diminuto
Desiertos que se extienden más allá de toda mirada, océanos infinitos que derraman sus aguas azules al otro lado del horizonte, cumbres inalcanzables de pedregosos senderos, de intrincados peñascos, planicies anchas como memorias milenarias... Creemos habitar un mundo vasto, inmensurable, pero la terca realidad nos enseña que nuestro planeta es un puntito microscópico, casi ridículo, una entrañable cabeza de alfiler flotando perpleja en un tapiz oscuro e inabarcable, tejido de estrellas inconcebiblemente remotas.
Tal vez llevado de su ardoroso entusiasmo, o quizá porque ha entendido que el mundo, finalmente, es incapaz de sostener y dar cobijo a nuevas multitudes, el ser humano proyecta arrojarse en brazos del espacio sombrío y guiar sus naves tripuladas a otros confines. A Marte, concretamente. Las ensoñaciones pasadas —el cine sembrando una vez más su semilla enfervorizada— se han transformado hoy en minucioso esquema de previsibles futuros: instalaciones residenciales, campos de cultivo, colegios y universidades, edificios de culto, pozos extrayendo agua... Una coqueta urbe marciana funcional. Pisitos amueblados con estilo para entrar a vivir. Dentro de cuatro días, el adolescente habitualmente enfurruñado amenazará a su madre con viajar al planeta rojo en deliberado chantaje emocional, cuando no encuentre otro modo de salirse con la suya: «Mañana me voy a Marte.» «Bien, pero recoge primero tu cuarto.»
La Tierra, mundo diminuto, planeta insignificante. Tan aislada, tan abandonada a su suerte, tan atrapada en órbitas y rotaciones, en su pobre y desolada rutina giratoria. Estamos solos, distantes de todo, naufragando en negro y silencioso abismo. El sol cotidiano, que cada mañana deslumbra los rostros soñolientos, que tan cercano parece, que con su cálido aliento achicharra al dominguero en su playa, que dibuja tiernas sonrisas en las perezosas flores del jardín... El sol, que tan cercano parece, sí. Este curioso dato simplifica y demuestra, sin embargo, su verdadera y asombrosa lejanía: si voláramos en flamante avión comercial rumbo a nuestra estrella, a velocidad de crucero y con combustible ilimitado, tardaríamos diecinueve años en llegar. Diecinueve años volando hacia el sol en clase turista. Tan cercano parecía. Solo nuestra amorosa luna nos hace relativa compañía.
También posee lunas Saturno, casi trescientas. Y en una agradable noche de primavera, sus moradores, sentados cómodamente en el anillo, balanceando los pies descalzos en el vacío, a la luz cremosa de esos centenares de satélites, como graciosos farolillos, observan distraídamente nuestro planeta, el puntito microscópico azul. Y se admiran de nuestra incomparable y singular estupidez. Y nos contemplan con un vago horror, con una especie de indulgente incomprensión: qué tienen esos curiosos ocupantes de la Tierra, se preguntan, qué tienen los habitantes de ese planeta apartado y diminuto, que solo piensan en destruirse unos a otros, que se empeñan en herirse, en hacerse daños profundos, en amargarse mutuamente la existencia. Que ningún propósito conciben para mejorar su convivencia; que, pudiendo relamerse con tan raro privilegio, pudiendo amar en paz su bellísimo entorno, tesoro excepcional, solo hallan satisfacción al enfrentarse una y otra vez con odios atávicos.
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