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No me van a callar

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05.09.2026

La primera vez que encontré comentarios vejatorios en mis redes sociales no fui muy consciente de lo que, en verdad, pasaba. Me conté a mí misma que sería por falta de educación, discrepancia ideológica o, por qué no, hasta por afán de protagonismo. Traté de quitarle importancia.

Pero siguió pasando, cada vez con mayor frecuencia y virulencia. Hablé con otras mujeres de mi entorno y descubrí que a muchas les sucedía prácticamente lo mismo. Pero claro, éramos políticas y parecía que casi nos lo "merecíamos" por nuestra exposición pública y el cargo. Como si someternos al escrutinio de la ciudadanía implicara también aceptar la humillación.

Con el tiempo, y gracias al feminismo, comprendí que no estaba siendo víctima de episodios aislados de odio ni ante una mera cuestión individual. Y entendí también que callarnos y dejarlo pasar no podía seguir siendo la respuesta.

Por supuesto que quienes tenemos responsabilidades públicas debemos aceptar la crítica. Y a veces es dura, incómoda, exagerada e incluso profundamente injusta, pero forma parte de la democracia. Ahora bien, una cosa es cuestionar nuestras ideas o decisiones y otra muy distinta utilizar nuestras imágenes, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad para intentar degradarnos.

Eso no es crítica política. Tampoco es libertad de expresión. Es machismo.

En las redes sociales se ha instalado una peligrosa sensación de impunidad. Hay quienes creen que detrás de una pantalla todo está........

© HuffPost