La magia del rock
20 de marzo 2026 - 03:08
Cuando vio anunciado a Willie Nile en la sala de conciertos a dos manzanas de su casa, le pareció que Nueva York nunca había estado tan a su alcance. Se presentó ante el pequeño y nervioso amigo de Springsteen y Lou Reed, al que algún crítico nostálgico de otros tiempos definió como El Bob Dylan de Manhattan, con la ilusión de quien se encontraba con un viejo amigo. Pero durante el concierto se preguntó por las razones que alguien que comenzó a componer en la década de los setenta continuaba arrastrando sus himnos urbanos protagonizados siempre por amantes derrotados y entusiastas, por ciudades tan lejanas de su hogar a cambio de cantidades de dinero que a duras penas cubrirían los gastos del largo viaje. Quizás lo hacía para contar por enésima vez que en 1980 cuando acababa de editar su álbum homónimo de debut y se encontraba en pleno proceso de grabación del que sería su segundo vinilo, Golden Down, ocupando el estudio A de la neoyorquina The Record Plant; John Lennon trabajaba en su álbum Double Fantasy en el estudio C. Había en aquel lugar un Steinway Grand Piano propiedad de los citados estudios de grabación, un instrumento que con los años no solamente lo tocó el ex Beatle, también Elton John, Randy Newman o Bruce Springsteen. Ese piano es el mismo en el que la noche del 8 de diciembre de 1980 se encontraba tocando Willie Nile, la triste fecha en la que un maldito psicópata enajenado asesinó a Lennon.
Por aquellos años Nile se vio envuelto en otro hecho que lo emparejó con la aristocracia del rock. El 22 de septiembre de 1980 los Rolling Stones editaron la canción She’s so cold como el segundo single de su álbum Emotional Rescue. Pero Nile había publicado con anterioridad una canción con el mismo título y unos acordes de guitarra muy similares. Al final todo se arregló cuando Nile dijo que para él era un honor, ya que “le gustaban mucho los Stones”.
El concierto de este cronista que mete el dedo en las llagas que nuestro tiempo atesora estaba bien estudiado. Mientras el sonido recaía en su excelente banda de músicos mercenarios y él exhibía entusiasmo con posturitas rockeras mil veces repetidas, el público cantaba el estribillo de su inmortal himno El Cielo ayuda a los solitarios y, aunque todos sabíamos que no es cierto, durante cuatro minutos le creíamos y saltábamos esperanzados.
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