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Niebla de guerra

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10.04.2026

10 de abril 2026 - 03:08

Las partidas de la saga de videojuegos Age of Empires siempre empezaban de la misma manera: comienzas con un par de aldeanos y un puñado de recursos básicos y creces a base de talar bosques, pastorear, explotar yacimientos de piedra y oro. Algo en mi interior se alegraba con el progreso de mi naciente civilización: los molinos, los cuarteles, las murallas, los castillos, las universidades y monasterios, las arquerías y caballerizas, el comercio y las guerras. La historia del mundo se resumía en dos o tres horas, y empezaba cada vez de nuevo.

Una de las principales reglas del juego era la niebla de guerra. Toda partida empezaba en un pequeño círculo iluminado, rodeado de la nada. Sabías que esa nada escondía todo lo necesario para avanzar, así como las amenazas que podían poner en riesgo tu existencia. Toda parte explorada se desvelaba en el mapa, pero era necesario que alguien o algo –un explorador, un batallón de piqueros, una torre de vigilancia– estuviera viéndolo. De no ser así, no podías saber qué estaba pasando. Un mundo vivo estaba muerto para ti.

De todo esto me he acordado, claro, porque en un homérico viaje –en todos los viajes homéricos se vuelve al punto de partida– cuatro personas, de espaldas al mundo, le han visto la espalda a la Luna. Han estado comunicados con la Tierra salvo cuarenta minutos. Ese es el dato que me retumba: otros muchos han estado incomunicados y perdidos, pero nunca perdieron de vista nuestro planeta. Son, por ello, los pioneros de un tiempo nuevo. Habrá en el futuro hombres y mujeres viviendo lejos de nosotros, tan lejos que será imposible establecer contacto con ellos, y seremos los unos para los otros tan sólo un recuerdo, una incógnita, algo que imaginamos moverse y explorar en otros mundos, pero que bien podría estar muerto, como las estrellas perdidas.

Y aún más interesante que eso: para ellos, en esos cuarenta minutos, fuimos nosotros los habitantes de un mundo perdido, los seres que pululan a ciegas por la niebla de guerra. Y sus vidas siguieron, como todas las nuestras. Hay una especie de melancolía en todo ello. Borges se lamentaba de que el mundo siguiera rodando sin Beatriz Viterbo: “El hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.

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