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Entre palmas

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26.03.2026

26 de marzo 2026 - 03:08

La mañana del Domingo de Ramos ya se anuncia en los corazones.

La Cuaresma ha tejido un camino que ha hecho al pueblo cristiano recorrer un camino de conversión, oración y renovación en la fe, siempre buscando profundizar en nuestros principios y sentimientos.

Llega la Semana Santa. Se acercan los días en el que el ceremonial litúrgico, ofrecido en los templos, se vuelca en las calles en una clara manifestación de religiosidad popular.

Momentos en que esas estampas que evangélicamente aprendimos, se nos hacen representaciones devotas y expresivas de las vivencias de la Pasión.

La Semana Santa debe ser, para el sentimiento cristiano, una preparación espiritual, prolongada en la práctica cuaresmal, para aproximarnos al misterio Pascual desbordado en la alegría de la Resurrección.

Los desfiles procesionales que ya se abren a la luz del Viernes de Dolores, son como oraciones calladas, andares penitenciales, vivencias interiores de espiritualidad personal, que se acompañan, de sones musicales, compases de tambores, sonidos de trompetas, cantares en saetas de corazones doloridos, arte de imaginería, jardines de flores en pasos de palio, amor de Dios expuesto en el altar y meditación y luto en la tarde del Viernes Santo.

Todo se une para llegar a la esperanza de la alegría Pascual, donde la mente nos ayuda a comprender la auténtica Victoria sobre la Muerte, en las promesas de Cristo.

La tarde del próximo domingo algarabías de niños cofrades, que se inician en la devoción tradicional, van a llenar el porche de San Pedro y extenderán sus ilusiones infantiles por el Paseo de Santa Fe, entre palmeras que son como símbolos durante todo el año, para arropar la pureza de una Virgen que, por ser de los Ángeles, es Reina de un cielo permanente de azules eternos.

Huelva ya está abierta a la devoción de una liturgia anual que durante toda una semana convertirá a la ciudad en el más bello de los templos vivos.

Como volcán que extiende sus brazos de lava ardiente, la luz de los cirios, en ordenada filas, van a bajar desde los cuatro puntos cardinales de la ciudad, a su centro urbano, en estación de penitencia.

El capataz levanta el brazo. Silencio… Lo deja caer. Todo comienza.

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