Un pequeño motivo de orgullo
03 de abril 2026 - 03:06
Esta semana se ha puesto en marcha una gesta aeroespacial que condicionará el futuro de los habitantes de la tierra: el viaje de la nave Artemisa II para conocer el lado oculto de la Luna. A los españoles les cabe el pequeño orgullo de colaborar humildemente en esa heroicidad que hoy centra la atención del mundo, de países grandes y pequeños, míseros y superdesarrollados, dictaduras y democracias. La ciencia y la tecnología amplían sus límites más allá de lo nunca imaginado. Desde la NASA, un micro organismo del universo llamado Tierra, se convierte en un elemento de magnitud inconmensurable cuyas consecuencias hoy son imposibles de calibrar.
Sin caer en la vanidad y la soberbia de un Trump que ha llegado a caer en el ridículo al presentarse como como impulsor del proyecto –parece que viaja en la propia nave y es quien imparte las instrucciones a sus compañeros– podemos presumir, siempre desde la mencionada humildad, de que un poco de España está representada en esa aventura asombrosa. No andamos sobrados de motivos para sentirnos orgullosos, con Sánchez hemos perdido peso en el mundo, damos la nota siempre en aspectos negativos y no en los que permiten sacar pecho, pero con Artemisa tenemos posibilidad de sentirnos parte de algo que importa.
Grupos de trabajo de las universidades de Sevilla y de Vigo, el Centro Espacial de Canarias, el Complejo de Comunicaciones de Robledo de Chavela en Madrid, más cuatro empresas tecnológicas aeroespaciales españolas nos dan motivo para que durante unos días podamos presumir de algo, de contribuir desde un micro mundo de alta especialización a que sea un éxito el proyecto espacial más importante de los últimos cincuenta años. Un proyecto de una envergadura técnica que asombra a cualquiera que sea capaz de calibrar su alcance, y que también emociona por detalles que parecen irrelevantes pero tienen una importante carga social y emocional: los promotores han querido enviar al espacio a una astronauta mujer, un astronauta negro, un astronauta estadounidense y un cuarto astronauta no estadounidense. Un mensaje claro de que la NASA apuesta por la igualdad y la diversidad.
El proyecto hará una incursión, por primera vez, por la cara desconocida de la Luna, la cara oculta, clave para saber si es posible abordar el proyecto universal más ambicioso que se puede emprender: instalar una base permanente en la Luna a finales de los años treinta, como centro de operaciones para analizar todos lo relacionado con el espacio, incluida la eterna incógnita sobre si existe algún tipo de vida... y si los terrestres puedan vivir en otros mundos.
Si hace más de 50 años se llegó a la Luna, ahora cuatro astronautas recorrerán en una nave espacial un millón cien mil kilómetros para comprobar si la ciencia ficción puede perder el carácter de ficción. Un hito histórico en el que una España con tan pocos motivos para sentirse orgullo, tiene una pequeña responsabilidad que merece ser tenida en cuenta.
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