Viernes Santo en Granada
03 de abril 2026 - 03:06
Granada no despierta el Viernes Santo. Amanece en suspiro contenido. El aire del Darro baja frío, como si la Sierra se estremeciera ante el peso del madero. Las calles, mudas, huelen a cera derretida y a incienso prendido en las piedras de la Chancillería. Es día de luto, sí, pero de un luto que en esta ciudad se viste de ternura infinita.
La mañana invita a un peregrinaje pausado por los templos. La tradición de visitar los Monumentos. Al cruzar el dintel de iglesias como el Sagrario o San Cecilio, el bullicio exterior se disuelve. Dentro, el aroma del alhelí y el resplandor de los cirios crean un refugio de paz. Es sobrecogedor ver sagrarios envueltos en sedas y flores, custodiados por el respeto de un pueblo que sabe esperar. Es el latido de una fe que abraza el alma, como un niño que busca consuelo en la mirada de un padre. Una emoción difícil de explicar en el contraste de luz filtrándose por vidrieras, mientras miles de granadinos, en desfile silencioso, rinden pleitesía al Misterio. Hay algo profundamente tierno en el murmullo de los rosarios que chocan contra los bancos de madera. Es una fe que no necesita gritos. Una fe que se siente en el crujido de pasos sobre el mármol y en la mirada baja de quien simplemente reza en una esquina.
Es entonces cuando la vista se eleva hacia ese Crucificado. Al observar la imagen de un Cristo de cabeza vencida y brazos abiertos al aire del Albaicín, el corazón se encoge. Esa figura, tallada con la maestría que solo barro y madera de esta tierra comprenden, no transmite solo muerte. Es la entrega absoluta. Al mirar sus heridas, siento una gratitud que desborda la lógica. Es un Dios que se hace vulnerable, que se deja clavar en la historia por amor, y que en Granada encuentra el consuelo de piedras y oraciones.
El rezo de las tres de la tarde en el Campo del Príncipe, la sobriedad de las túnicas negras, el Sepulcro, Escolapios, Ferroviarios, los Favores, San Jerónimo. El latido de una ciudad que se detiene a reflexionar. No es estética; es una fe viva que se palpa en el ambiente. La ciudad se convierte en un gran cenobio donde el tiempo se detiene.
El Viernes Santo, Granada no solo procesiona sus imágenes; procesiona su alma, buscando en el sacrificio de la Cruz la esperanza de una luz que, aunque hoy parezca lejana, comienza a intuirse entre las sombras del Generalife.
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