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Aforismos: un rayo que no cesa

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06.04.2026

06 de abril 2026 - 03:07

La invención del aforismo es tan antigua como la escritura misma. Esconde un deseo universal: comprimir en pocas palabras una reflexión hasta considerarla plena y autosuficiente. Tuvo magníficos representantes entre los clásicos griegos y romanos y con igual empeño y sabiduría lo cultivaron las mejores plumas orientales. Y, pasados los siglos, todavía permanece como una expresión literaria activa y desafiante. Pero se comprende que los géneros convencionales –la poesía, el teatro, la novela y el ensayo– se hayan impuesto y el aforismo ha sido relegado como un medio expresivo minoritario. Ya que exige una especial predisposición intelectual tanto en el autor y como en los lectores. Sin embargo, se han conseguido grandes logros intelectuales gracias la capacidad de síntesis proporcionada por un aforismo. Basta recordar la obra de Pascal, ciertos libros de Nietzsche e, incluso, autores como Lichtenberg lo convirtieron en un brillante recurso dialéctico. A pesar de su apuesta por la brevedad llega a ser tan luminoso como un buen poema o tan profundo como un largo ensayo. España ha gozado de exquisitos cultivadores y los continúa teniendo, como prueban las publicaciones en Athenaica de Azar y constancia, de Valentí Puig y Entre coche y andén, de Raquel Vázquez y Un monstruo incomprensible. Retablo de moralistas franceses, estos dos últimos en Renacimiento, en una colección, A la Mínima, dedicada a promover sólo este tipo de escritura. Igual iniciativa había tomado antes Edhasa, con otra colección especializada, en la que acogió casi a medio centenar de autores movidos por la misma tentación aforística: una cuidada aventura editorial desgraciadamente poco conocida. Por otra parte, al mismo tiempo que se resaltan estas significativas coincidencias, convendría añadir que tal vez no se trate de un mero azar. Quizás, los momentos actuales sean adecuados para que de nuevo aflore el aforismo. Entre tantas turbulencias políticas y bélicas, ha perdido partidarios la lectura del libro denso, o del ambicioso tratado, que obligan a ensimismarse y olvidarse del mundo exterior. Y los lectores, angustiados, han encontrado sustituto en el aforismo que, con pocas palabras, alumbra como un rayo y advierte de los peligros inmediatos que acechan.

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