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¿Nos estamos domesticando? Progreso y tecnología en silencio

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22.01.2026

El lobo observa desde el borde del bosque. Huele la presa, calcula el viento, mide el riesgo. Cazar exige atención plena, memoria corporal, hambre real. Luego aparece el fuego, el hueso arrojado, el refugio tibio. No hay épica: hay una decisión pequeña y práctica. Comer sin perseguir. Dormir sin vigilar. Repetirlo al día siguiente.

Esto no trata solo de animales que cambian de hábitos. Trata de cómo una especie puede negociar su instinto a cambio de comodidad, hasta olvidar que alguna vez fue otra cosa. La domesticación no ocurre de golpe. Ocurre por acumulación de atajos. Y el precio no se paga al inicio.

Generación tras generación, el lobo deja de cazar. No porque no pueda, sino porque ya no es necesario. El cuerpo se adapta, la conducta se amolda, la memoria se adelgaza. Un día, frente al bosque, ya no sabe por dónde empezar. Ese día no hay tragedia visible. Solo una dependencia instalada. Ese día nace el perro.

Ahora la escena es otra. Un escritorio. Una pantalla encendida. Un cursor parpadeando frente a un correo breve que podría escribirse en minutos. La mano duda. No por falta de vocabulario, sino por prudencia aprendida. Antes de enviar, mejor consultar. Antes de decidir, mejor preguntar. No es pereza. Es eficiencia. O eso parece.

Los humanos contamos la historia del lobo como progreso cuando la miramos desde afuera. Pero rara vez la usamos como........

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