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El turista constante

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30.03.2026

La historia del escritor británico Christopher Isherwood (1904-1986) se escribe a caballo de los tiempos tumultuosos de la primera mitad del siglo XX. Es la narración de una generación europea, tan puesta en el centro del relato como pocas veces bien representada. Sus novelas y textos, al igual que él y su estilo, se dividen en dos momentos.

Podría decirse que el Isherwood europeo perteneció al grupo Oxbridge con W. H. Auden y Stephen Spender, tuvo su eje en la república de Weimar y tocó techo con ‘Adiós a Berlín’. Después de la nueva migración, el Isherwood que prospera y sobrevive es el californiano, integrado en una generación literaria gay con Truman Capote y Gore Vidal, con la vista fijada en sí mismo y cuya máxima expresión es la novela ‘Un hombre soltero’.

Isherwood huyó para vivir. El pasado familiar caía sobre él como un libro de obligaciones. Sus antepasados compartían paisaje con las Brontë. Fue el primer nieto e hijo de una familia burguesa y militar. La madre vivía como heredera de una exitosa bodega, relacionada con Graham Greene, y su padre, oficial del ejército, descendía de una tradición de hombres de leyes y honor. En la mansión victoriana que le vio nacer esperaban grandes cosas de su trabajo.

Su formación tuvo lugar en varias escuelas, entre ellas la Repton School, con los mejores profesores y los mejores alumnos fuera de Londres. Pronto encontró a un amigo vitalicio, W. H. Auden, que terminará siendo el gran poeta de su generación e yerno de Thomas Mann. Tras ser expulsado del college del Corpus Christi en Cambridge por escribir bromas obscenas, se enrola con Auden en literatura y entra en contacto con otros jóvenes, como Stephen Spender. Juntos componen el tridente Oxbridge, radicales en Oxford y exiliados de Cambridge.

Isherwood pertenece a una clase acomodada sin problemas, pese al impacto de la Primera Guerra Mundial. Es huérfano de padre, caído en combate, y viven de rentas, así como de un tío. Trabaja como secretario del violinista André Mangeot y de su experiencia y una vida íntima que pide confesarse extrae su primera novela, ‘Todos los conspiradores’ (1928).

Precoz en su talento, pero invisible, decide marcharse a Berlín con Auden. En su tercer viaje al mismo destino compra solo un billete de ida. La república de Weimar representaba todo lo opuesto a Reino Unido. Aquel lugar de libertad y libertinaje prometía un paraíso para la juventud. Tanto Auden como Isherwood como sus amigos compartían la homosexualidad, y en su país de origen todavía regía la misma ley que había condenado a Oscar Wilde. La asfixia, como el miedo, los enviaba a un lugar más habitable.

Acababa de fundarse en la ciudad el primer instituto de sexualidad y la literatura de Freud marcaba el paso de la nueva mente humana. Isherwood se instaló en el edificio contiguo a ese instituto con textos queer y se convirtió en habitual de El Rincón Destartalado, un bar donde se encontraban hombres con hombres a modo de hermandad. Consumían la prostitución masculina que más les gustaba y cada jornada pensaban en literatura, aunque escribían poco.

Publicó su segunda novela, ‘El monumento’, en la editorial de Virginia Woolf y su marido. Centró la narración en las consecuencias familiares de la Primera Guerra Mundial y con atrevimiento desvistió la psicología y los deseos de sus personajes. Aunque no tuvo repercusión comercial, la crítica europea lo alabó y, entre todos, E. M. Foster tendió la mano a Isherwood para no soltársela nunca.

La alegría de los años 20 se vivía en Alemania como la desgracia de la divisa, con sueldos y precios en los suelos. Los cabarets se desplegaban por la ciudad así como la corrupción, el pillaje, la pobreza y la falta de moral respecto de la educación social del momento. El auge del nazismo con las primeras torturas y cierres de locales truncó el libertinaje para el británico. Sus compañeros comenzaban a tomar posiciones duras frente a la represión y él, aunque más pausado en su decisión, terminó por levantarse como el más sensible opositor.

Abandonó Alemania en 1933 junto a su novio, un joven alemán de 18 años llamado Heinz Neddermeyer, por consecuencia del ocaso democrático y el inicio del mal. Juntos huyeron a ninguna parte por Grecia, Canarias, Cádiz, Gibraltar, Ceuta, Copenhague o Ámsterdam. En especial, destaca su parada en Sintra, donde el tridente Oxbridge había fijado su residencia.

Portugal representaba el paraíso espiritual y un reino más ensoñado que verdadero. Recalaron en Sintra por su pasado literario y valor artístico. Encontraron una quinta grande, noble y asequible. Prometieron todos vivir con los valores de Berlín y mantener un diario conjunto sobre sus emociones y experiencias. Sin embargo, la guerra ronda por todos los flancos y el golpe de Estado de Franco en España, así como la Guerra civil, despierta en ellos de nuevo el fuego político. Auden parte al país vecino para ayudar en ambulancias, el grupo se disuelve e Isherwood regresa a Reino Unido. En la frontera, su novio es detenido por desertor y enviado con la Gestapo. No volverán a verse, pero sí a hablar.

En ese contexto, Christopher Isherwood hace uso de lo visto y vivido en Berlín para dar forma a su primera novela pura en estilo, ‘El señor Norris cambia de tren’. Esta historia se libra del modernismo a la moda de sus anteriores trabajos y fija un inevitable sello que mantendrá hasta el final.

Escribe usando su biografía como telón de fondo y base de datos. Rebusca en su círculo el carácter de sus personajes y cada protagonista opera, en cierto modo, como él mismo. Es una escritura poco dramática, pero no insensible. Registra los sucesos sin esquivar la emoción. Evita el juicio, busca la claridad y cede a la melancolía que todo lo cubre. Alterna eso con ironías y matices deslumbrantes de la experiencia humana. En conjunto, recoge el gusto por la efímera belleza y la fugacidad del instante. Gore Vidal lo definió como "narcisista objetivo".

Destaca por ser uno de los primeros escritores en incluir en la literatura la experiencia gay no como problema, metáfora o resolución del problema. La homosexualidad en la obra de Isherwood es un motor de cambio que determina la vida del narrador y justifica sus actos, sus amistades y sus errores. No busca el escándalo ni la reivindicación, tampoco el deseo. Es la sexualidad habitada en una naturalidad que impide el contexto y, a su vez, toma forma de valentía moderna, posterior a cualquier debate.

El autor pasó a estar dentro de los círculos intelectuales más influyentes de su país, junto con Auden. Ambos habían abrazado las propuestas artísticas radicales que la Alemania de posguerra daba por modernas. Juntos compusieron varias obras de teatro a lo largo de la década de los 30. Su idolatría recaía en Bertolt Brecht.

El nazismo se apoderó del pensamiento de Isherwood para despertar su oposición. Cada texto lo llevaba de vuelta a Berlín, al declive y la violencia. Habían matado su libertad. Se propuso convertirse en una cámara y devolver aquellas imágenes que repetidamente presenciaba en sus recuerdos. Creó a Sally Bowles, la cabaretera a la que luego dio vida Liza Minelli en la oscarizada ‘Cabaret’, y el personaje se insertó dentro de una extraña crónica titulada ‘Adiós a Berlín’.

Auden e Isherwood partieron a China para cubrir la guerra con Japón. De ese viaje extrajeron un largo reportaje bélico. En el retorno, con muchas paradas en medio, toman la decisión de cruzar el charco y afincarse en Estados Unidos. En 1939, atraviesan el país adelantándose al espíritu beatnik y transitan hoteles, carreteras, casinos y bares. Las cartas de su madre no llegan a ninguna dirección concreta y, en medio del caos, paran a saludar a Thomas Mann, de quien concluye que es "muy agradable". Lo único molesto en aquella nación para Isherwood era la publicidad en la radio que tanto interrumpía las emisiones.

El británico deambuló por el estado hasta afincarse en Hollywood. Uno de los primeros hombres que conoció fue Truman Capote, que se acercó a él encandilado por sus relatos berlineses. Logra adquirir la nacionalidad estadounidense pese a manifestarse antibelicista. Pronto encuentra amantes, alguno más permanente, y se desplaza por todos los países al sur. Descubre el sol y el yoga, la filosofía hinduista, renueva sus amistades y entra en contacto con Greta Garbo, Aldous Huxley, Bertrand Russell, Charlie Chaplin o el gurú Krishnamurti. Medita una hora al día y el resto del tiempo lo pasa en la Metro Goldwyn Mayer escribiendo guiones. Tiene despacho propio, secretaria, dos teléfonos y 35 años.

La calidad de su trabajo literario se estanca. Guarda muchos admiradores, atrae a amantes y curiosos. Se desenvuelve, aunque con impotencia de su talento. Entrega gran parte de su tiempo e intelecto a la escuela Vedanta de hinduismo. Sus traducciones, oraciones y artículos superan con creces el trabajo de otra índole.

Un día de playa en Santa Mónica conoce a Don Bachardy, de 18 años. Él supera los 48. Mantienen una relación que levanta polémica y pone el amor homosexual en el centro del debate. Pese a ello, la pareja se mantuvo hasta la muerte de Isherwood. El frenesí sexual de antaño había pasado a un segundo plano.

Una vez la contienda contra los nazis hubo terminado y el mundo transitaba a la paz, el británico cambió de interés. Se puso en el centro de la narración sin disimulo. Viajó al interior para transmitir sus preocupaciones. En esta segunda etapa destacó con ‘Amigos de paso’ (1962), ‘Un hombre soltero’ (1964), ‘Christopher y los de su clase’ (1976). Todos ellos volvían con énfasis y profundidad a la experiencia vital gay con el gusto de Isherwood, una exploración sin exotismos.

Sus intentos literarios surtieron efecto y tanto público como crítica reconocieron, décadas después de Berlín, su renacer había culminado. Formaba parte, de varios grupos literarios y su trayectoria se articulaba como la historia de uno de sus personajes. Había encontrado el amor y luchaba por las causas justas, por el pacifismo y los derechos homosexuales. Reino Unido y su opresión no podían rozarlo.

Recibe el encargo de publicar la última novela de E. M. Foster, ‘Maurice’, un canto homosexual de crecimiento. Se pone en contacto en varias ocasiones con su exnovio Heinz Neddermeyer, superviviente de la Segunda Guerra Mundial y padre de familia ejemplar. Le había suministrado dinero para huir de Alemania del Este y también le había pedido no mencionar su romance en sus libros, o se suicidaría. Isherwood cumple con todas estas tareas, menos la última.

El diagnóstico de cáncer de próstata en 1981 terminó en defunción cinco años más tarde. Hockney había retratado a su gran amor, Bachardy, y el año pasado fue subastado por más de 40 millones de euros. Se marchó sin aspavientos ni confeti, en la distancia prudente del centro y evitando el margen. Habitó el mundo en instantes, indeciso entre el deseo de pertenecer y el miedo a arraigarse.


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