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CompartirUno de los reportajes más divertidos que he leído en mi vida fue el que publicó en 2017 el británico Paul Oobah Butler. Solo recordarlo ... vuelve a dibujarme una sonrisa. «Quien sólo se ríe de sus maldades se acuerda», habría dicho aquí mi abuela y con toda la razón, porque el motivo de la mofa es el ingenio con el que se burló este periodista de los pánfilos usuarios de las redes sociales, que abrazan con fe su postverdad y cumplen con fervor sus mandamientos. Había hecho yo el propósito de abstenerme de soberbia durante toda la Cuaresma, pero la tentación es irresistible y no puedo evitar reírme de la credulidad barra estupidez dominante. Mea culpa, mea culpa, mea culpa. Dejen que les cuente para que lo entiendan.
Oobah Butler inventó un restaurante inexistente al que bautizó 'The Shed at Dulwich' (El cobertizo de Dulwich) y creó una página web, en la que publicó fotos de platos aparentemente suculentos en los que la nata era en realidad espuma de afeitar y la salsa «tapioca de vino tinto» aceite de coche: lo que tenía más a mano. En el menú aparecían creaciones sofisticadas como 'Lujuria', consistente en «riñones de conejo sobre tostadas condimentadas con azafrán y una bisque de ostras, servidos con soufflé de granada», o 'Empático', a base de «almejas veganas en caldo claro con chirivías, servido con patatas de centeno». No es que me acuerde de memoria, sino que acabo de teclear en Google y todavía sigue ahí.
El caso es que empezó después a escribir y contratar reseñas tan positivas como falsas y logró colocar su restaurante como número uno de Londres en TripAdvisor. No me negarán que es para reírse. ¡Con qué picardía demostró que las aplicaciones y redes sociales son el timo de la estampita: utilizan nuestras bajezas, complejos, instinto gregario y ansias de aparentar para dirigir nuestra conducta! Son granjas de bots a sueldo las que reseñan en masa a favor o en contra, las que mueven consumo, voto, donaciones, adicciones, opiniones, vida y dignidad humana. El abuso y la mentira están en el mismo concepto de redes sociales desde su creación y mandarnos a comer a tal o a tal otro restaurante no es nada, en comparación con su profunda capacidad para el mal.
Facebook reconoció en 2023 que había retirado 7,2 millones de vídeos de abusos sexuales infantiles, incluidos asesinatos de bebés, y 6,4 millones de autolesiones o suicidios. Estos contenidos, sólo un porcentaje del total, habían sido eliminados por moderadores que ya no existen, porque eran demasiado caras sus terapias: antes de eliminar un contenido tenían que verlo. En España contaba en ese momento con 2.000 moderadores, con sede en Torre Glòries, Barcelona, y subcontratados a Telus, que desmanteló con despidos masivos el equipo en 2025. Facebook es la única que ha ofrecido algún dato y una de las menos preocupantes.
En 2024, España denunció 2.870 contenidos constitutivos de delito y se retiró el 4%. Las redes sociales estadounidenses o chinas no están sujetas a nuestra legislación y niegan a nuestros jueces los datos ip de los criminales. La policía española sólo resuelve el 0,8% de los ciberdelitos. ¿Saldría usted a pasear por un barrio con tal índice delictivo y en el que la policía resolviese tan escaso porcentaje de casos? Porque preservar a los menores de esta inmundicia no merece ni discutirse, lo que no entiendo es qué hacen los adultos ahí. Prohibir sin dar ejemplo no es más que alimentar al monstruo, un multiplicador de la abyección. No se trata del contenido que cada uno consume, sino de que, sabiendo esto, permanecer en redes sociales equivale a ser cómplice del resto.
Las redes nos llegan a convencer, además, de que todo es mentira. Y no es así. Ellas viven de la mentira, pero la verdad está fuera, a nuestro alcance. Es tan sencillo como informarnos de fuentes no anónimas y contrastar esa información. Y no hablo de prohibir las redes sociales; es tan sencillo como desinstalar la aplicación.
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