La ceniza de la espera
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CompartirEscribir una columna es tirar una botella al mar. Uno confía en que llegue a alguna parte, pero nunca está seguro si en el desayuno ... de la mañana o en el reposo tras la comida alguien va a pasar rápido la página al ver tu cara y no querer saber nada de tus historias. Pero a veces la botella llega a la playa. Me ha sorprendido el número de personas que me han compartido sus recuerdos sobre el Multicines Salamanca, a propósito de lo que escribí sobre mis aventuras batmanianas. Con mi amigo Carlos revivía, sin ir más lejos, los sentimientos encontrados ante personajes tan ambivalentes de esa saga como Pfeiffer-Catwoman. Es un viaje mental que se produce —no digo que siempre, pero sí a menudo—, cuando pasamos por ese edificio hoy residencial que albergó en su día aquellas salas llenas de olor a palomitas, moqueta, celuloide e ilusión.
Pasa a veces que los espacios tan llenos de evocaciones se niegan a irse del todo. Por eso yo explico que mi logopeda tiene su consulta al lado de Simago, o siempre que me pienso quedando con mis amigos me veo en los escalones de Las Vegas (un bar en la esquina de la avenida de Portugal con María Auxiliadora del que hace ya décadas que no queda ni rastro), como aquellas tardes de los animados carnavales de Labradores en las que todos iban disfrazados menos yo, que bastante tenía con el odio que me habían jurado los espejos como para andarme con zarandajas.
Esas tardes, salías de casa, más o menos en una franja plausible, con un plan que en su primera parte básicamente consistía en esperar. Tampoco se había fijado una hora de encuentro del todo exacta y se iba produciendo un goteo del grupo que iba alimentando la expectativa de lo que venía por delante. Esperar formaba parte de la liturgia, alimentaba las confidencias, engordaba las anécdotas. Esperar con un porcentaje de indeterminación que hoy no nos entra en la cabeza («te mando un WhatsApp cuando salga». «Te comparto ubicación».)
Esperar hace las cosas importantes. Esa tarde en la que quizá ibas a ver a esa chica, por ejemplo. O un Miércoles de Ceniza, que no es otra cosa que iniciar una espera. Tal vez hoy casi todo nos sabe a nada porque ya no sabemos esperar (quizá por eso las navidades empiezan casi en octubre).
Hace poco, el insigne José Carlos Mainer visitó Salamanca con la reedición de su catedralicia 'La edad de plata', obra básica para conocer las generaciones del 98 y del 27. 450 páginas grosso modo que en su día pensó para los estudiantes del extinto COU. Hoy ningún profesor está tan enfermo de optimismo para pensar que sus alumnos de Bachillerato se lo lean, ni siquiera, parece ser, los de universidad. Incapaces de esperar el paso de esas páginas, los chicos y chicas le piden a la IA un resumen rápido, instantáneo. Cuentan que el pobre Mainer se despistó por la calle Zamora tras su charla, en dirección contraria a la que buscaba de regreso al hotel. Lo rescató una consulta al móvil por un paseante que lo reconoció. Así de complejo es esto.
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