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Michael era un tiquismiquis

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09.04.2026

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Nueve de abril de 2026, increíblemente después de Cristo: desorden mundial, mentiras que son cambios de opinión, «Demolition Trump», fútbol y más fútbol, inflación, no ... tendrás nada y serás feliz, locura de precios de la energía, políticos de saldo, gente en zapatillas, perros por todas partes, terrorismo laboral, listas de espera, atracos fiscales, sobredosis regulatoria, el Guernica, Salamanca despoblada, Torrente mató a Ingmar Bergman, Sánchez en Tik Tok, «etarras» a hombros y olé, adictos al «Ozempic», putas disfrazadas de dentistas, proxenetas vestidos de feministas… La lista es infinita para presentar nuestro crudo día a día que, visto desde la reflexión, desde la cordura, desde el sentido común, desde el exilio, hace que nos sintamos terriblemente asustados y a la intemperie. No son sólo las bombas que caen, es el ruido del planeta del caos el que nos machaca y nos pone al borde de la desesperación. Michael Douglas en «Un día de furia» era un tiquismiquis. ¿Un atasco, una mala atención en la hamburguesería? … Como digo, un tiquismiquis. Lo nuestro, lo que vivimos usted y yo cada día desde hace dos décadas, esos sí son días de furia, uno tras otro. Y mañana más. Concejales que llegan a ministros, ministros que son nombrados embajadores porque yo lo valgo, mindundis cobrando cien mil al año mientras la gente se priva de tomar un postre de 5 euros el domingo. El campo de batalla está aquí, entre nosotros, no hace falta buscarlo en la CNN ni en los Altos del Golán.

Estamos en nuestro día de furia crítico. Todos somos William Foster, el personaje de Douglas; todos estamos alienados por la corrupción, por la mediocridad, por la desidia, por el silencio administrativo, por la maraña legal, por la falta de impulso de una sociedad que claramente ha sido descabalgada de sus valores, de sus virtudes y de sus habilidades. No sabemos ya hacer nada. Somos espectadores de la guerra, de la de otros y de la nuestra, la que se libra en Occidente, otrora faro de la Humanidad y hoy despojada de dignidad. Zombis que caminamos sobre Platón, sobre Da Vinci, sobre Gutenberg. Necesitamos un revulsivo que nos saque de este infierno de autocomplacencia dirigido por el tonto de la clase. Lucifer era él. O ella. Nunca nos fijamos en ellos, pero allí estaban, como un Zapatero cualquiera, rumiando el verdadero «nuevo orden», dispuestos a asaltar el poder para arrasarlo todo mientras Adele canta «This Is the End». O si lo prefieren, escuchen a Wagner.

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