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Gabriel Fauré en un taxi

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26.02.2026

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Lo más normal (en realidad paranormal) que me ha pasado en los últimos días ha sido tomar un taxi que tenía sintonizada Radio Clásica de ... RNE. Consulté a «Shazam» y sonaba Les Djinns, Op. 12, de Gabriel Fauré. Tenía razón Enrique Iglesias: una experiencia religiosa… por la avenida de Mirat. Porque fuera de ese taxi, estarán conmigo, toda normalidad social, política, emocional, ambiental, es pura entelequia, hasta el punto que lo más fascinante parece el estreno de la nueva película de «Torrente». Al final es en lo que hemos acabado, en Torrente. En puros Torrentes.

A estas alturas de siglo, en ese taxi me di perfecta cuenta que ni podemos escapar ni escondernos, a lo sumo nos queda la ilusión de intentarlo y marear el tiempo, ya sea paseando por Cascais o escuchando a León Larregui en una rocola de uno de esos bares que ya no existen. Me asomo al mundo, como suelo estar, y sólo escucho sirenas en la gente, nio-nio-nio-nio, camino de una salida a este laberinto global que ha sustituido los setos por microprocesadores. De Ucrania a Marlaska, de Zapatero a Epstein, de Bruselas a Franco, del descontrol legislativo a las listas de espera, no hay nada que esté dentro de nuestras entendederas. Toda la información que recibimos, que nos irradia más bien, es puro asco, pues no hay hueco ni para la esperanza ni para el progreso. Esa es la idea que se nos transmite desde el Poder: nuestra insignificancia. Hagamos lo que hagamos, no nos libraremos, y además no hacen falta grandes líderes, ahí tienen la escudería de mentes asesinas, una auténtica carrera de autos locos: de Sánchez a Von der Leyen, de Belarra a Yolanda Díaz, de Ábalos al último tonto del Senado. Estamos rodeados, pero sobre todo inermes y desprotegidos. Y lo están consiguiendo con su «no tendrás nada y serás feliz».

Lo peor de todo ese despliegue de maldad y tecnología es que nos está está anulando. Escuchamos a menudo que, dada la situación, deberíamos echarnos a la calle y poner el grito en el cielo frente a tantos desmanes y desgobiernos. Y no sucede precisamente porque ellos, los malos, van ganando. Han conseguido desmantelar lo más sagrado, el valor de nuestro voto. Todo es manipulación y ya millones de votos son emitidos por ellos, no por el elector que acude a su colegio creyéndose importante. Pero no son más que androides con DNI. Nio-nio-nio-nio.

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