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La delgada línea

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20.02.2026

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Hay una lección que se aprende pronto cuando uno se dedica a escribir sobre salud: las palabras en medicina no son inocuas. Una noticia mal ... contada no es solo un error periodístico; puede ser una crueldad. Y las falsas esperanzas, aunque se ofrezcan con las mejores intenciones, también hacen daño.

El caso de Mariano Barbacid ha vuelto a poner sobre la mesa una tensión que nunca desaparece del todo: la que existe entre la legítima necesidad de comunicar avances científicos y el riesgo de crear en los pacientes unas expectativas que la ciencia aún no puede sostener. Barbacid, uno de los investigadores oncológicos más brillantes de este país —el hombre que en 1982 identificó el primer oncogén humano, el HRAS, y que algunos consideran candidato perfecto al Nobel por aquel trabajo— anunció en enero que había encontrado la senda de la cura del cáncer de páncreas, pero que necesitaba 30 millones de euros para continuar con los ensayos.

Tratándose de una eminencia como Barbacid y, dado que todos están de acuerdo en que todo el dinero que se consiga para investigar es bueno, la comunidad científica ha guardado un respetuoso silencio. Se han mirado de reojo los unos a los otros, se han dado codazos cómplices y alguno se ha atrevido a decir: «Bueno, esto no es exactamente así».

Xosé Bustelo, director del Centro de Investigación del Cáncer de la Universidad de Salamanca, es uno de los científicos que no se ha cortado a la hora de opinar que el anuncio de Barbacid no es correcto. «Un ratón es un ratón; muchos hemos curado cáncer en ratones», decía en una de las entrevistas que ha concedido.

Sucede que los modelos animales no replican la complejidad genética de un paciente humano. Lo que funciona en el laboratorio con frecuencia no funciona en las personas. Recientemente, un prestigioso hematólogo con el que coincidí en los pasillos del Hospital de Salamanca también me indicaba que cuando se combinan tres fármacos —como en este caso— nadie sabe cómo van a interaccionar entre ellos ni qué efectos tendrán sobre el sistema inmune.

Nada de esto significa que el trabajo de Barbacid no merezca atención. Bustelo mismo reconoce que los datos son tan prometedores que merecen ser probados en un ensayo de fase 1. Pero hay una diferencia enorme entre «estos resultados en ratones justifican dar el siguiente paso» y «hemos encontrado la cura».

El cáncer de páncreas es uno de los más letales que existen, con tasas de supervivencia que siguen siendo devastadoras. Quienes lo padecen llevan meses o años buscando en cada noticia una señal de esperanza. Cuando leen que «ya existe la cura», algo se mueve en ellos. Preguntan a sus oncólogos. Buscan en internet. Algunos viajan, llaman, gastan dinero que no tienen. Y cuando la realidad los devuelve al punto de partida —cuando el médico les explica que no, que todavía no, que queda mucho camino— el golpe es doble: el de la enfermedad y el de la esperanza rota.

Bustelo habló de un hilo muy delgado entre lo que se comunica y las expectativas que se crean. Ese hilo lo conocemos bien quienes llevamos tiempo en esto. Saber dónde está y no cruzarlo es, quizás, la responsabilidad más exigente de este oficio. No porque haya que silenciar los avances —al contrario, la ciencia necesita visibilidad y los investigadores necesitan financiación—, sino porque el contexto lo es todo. Un resultado en ratones es un resultado en ratones. Un fármaco prometedor es exactamente eso: prometedor, no definitivo.

Barbacid es un científico extraordinario. Su trabajo merece ser contado y su petición de financiación merece ser escuchada. Desde el periodismo de salud nos toca poner el contexto. Piano, piano.

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