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El humor como trinchera

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10.04.2026

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Una malentendida nostalgia me lleva a bucear en la obra de los humoristas gráficos españoles de los setenta. Malentendida, porque yo entonces no era más ... que un niño sin criterio, pero… ¡qué buenos eran los condenados! Dibujantes como Forges, Summers, Chumy Chúmez, Mingote, El Perich o tantos otros ayudaron a desmontar la censura de la dictadura y a preparar a la sociedad para la llegada de la democracia. Algunos, como El Roto o Peridis –con quien he tenido la suerte de compartir buenos ratos– aún nos zarandean para sacarnos de ese letargo en el que nos sume, sin apenas darnos cuenta, la sociedad del scroll infinito.

Del repaso a sus trabajos se deduce que el mundo de entonces no era tan distinto al de ahora. Recuerdo aquella viñeta de Manolo Summers en la que un soldado yanqui, cuchillo en mano, se inclina sobre una calavera tocada con un sombrero vietnamita, en medio de un charco de sangre: «… Y en el futuro, vuestros propios asuntos los vais a arreglar vosotros. ¡Desagradecidos!». Ya se ve; pasa el tiempo y los norteamericanos siguen resolviendo a su manera los problemas de todos; a veces, aliados con gente muy poco recomendable. Berlanga tenía razón: frente al vicio de pedir, Mister Marshall da sólo cuando quiere y le interesa. Ciertamente, el gringo no es el único macarra del patio, pero es nuestro primo de zumosol y no me gusta que los familiares me hagan pasar vergüenza. Una adormecida Europa, cuna de la civilización que dicen defender, no sólo debe mantenerse al margen de ciertas tropelías, sino también denunciarlas.

Luego está el asunto de las oraciones. Bombardear un país hasta deshacerlo con la excusa de acabar con su régimen teocrático y amenazar sin ambages con causar un genocidio no es lo esperable de la gente del libro. Seis días después del inicio de la furia, el presidente estadounidense reunió en el Despacho Oval a una cuadrilla de chamanes con corbata para pedir ayuda divina en las operaciones militares. Se cree ungido por ese Dios vengativo del Antiguo Testamento para liberar a los judíos y conquistar Babilonia, como el rey Ciro el Grande –que era persa– en el libro de Isaías. Su ministro de la Guerra, que compara el rescate del piloto recientemente abatido con la resurrección de Jesús, tiene sus brazos cubiertos de tatuajes inspirados en la Santa Cruzada. Deus vult.

Vuelve la nostalgia. Sin querer, me viene a la cabeza esa otra viñeta de Jaume Perich: «No maten más, por Dios. Y, especialmente, ¡no maten más por Dios!». Qué grande. ¿Quién dijo que ya pasó más de medio siglo?

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